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20.8.07

Lejos del Blog

He estado aquí...











Prometo colgar mis impresiones al respecto, en cuanto tenga algo de tiempo o me instale internet en casa.

9.7.07

Creciendo a la luz de las imágenes

La primera vez que percibí un cambio rotundo en mi mirada de espectadora fue viendo Pulp Fiction con 18 años. La había visto tres años atrás, de estreno, y entonces debí salir asqueada del cine, después de haber visto como le reventaban la cabeza a un muchacho sentado en el asiento trasero de un coche.


¡Cómo me reí luego!

La crueldad y la violencia extrema no hacen daño, siempre y cuando sepamos que no es más que una farsa. Tomar conciencia del tono de una película puede ser difícil en ocasiones, pero es sin duda necesario para dejarse deleitar por la experiencia cinematográfica.



Igual ocurre con casi todas las artes; hay que saber que disfrutar del arte no es un lujo gratuito, sino que requiere un pequeño esfuerzo: intentar vislumbrar la mirada ajena, la del autor, en el trazo del pincel o la huella de la gubia. Si no, sería fácil horrorizarse ante representaciones de la vida, tan dramáticas como realistas.

El arte nunca debería ser un monólogo.

5.5.07

Martes Festivo

Eso sí, para colgar la foto de mi última paella, tengo todo el tiempo del mundo...

A lo que iba, que me estaba quedando tan bonita que no tuve más remedio que hacerle una foto. Después, resultó que estaba tan rica como parecía.

Esto fue lo que hice el pasado martes festivo, en lugar de trabajar, como había planeado, pero ¿quién puede culparme por ello? A quien se atreva, le reto a probarla antes de decir una palabra. Ea.

19.4.07

La nostalgia creativa

Cuando uno lleva una vida rutinaria y monótona, una de esas vidas en las que apenas se perciben cambios, más allá de los que la biología arrastra consigo, la mayoría de las cosas que ocurren no sucede más que en la mente del protagonista. Las verdades, mutables o inmutables, en las que cree a pies juntillas; los sentimientos que le revuelven por completo el alma; incluso aquellos que pueden hacerle tomar una drástica decisión capaz de terminar con aquella monotonía; no son más que recursos elaborados por la mente humana para escapar del hastío.

Y lo más peligroso de todo es que las relaciones con los demás, cuando se extienden en el tiempo, en los días agotados de esa vida cansada, con pausas, interrupciones, separaciones, viajes y distanciamiento, también suceden en el pensamiento de uno.

Y lo más peligroso es que esas relaciones inventadas pueden llegar a determinar nuestro estado de ánimo, o incluso nuestra felicidad.

Así que, si hace tiempo que un amigo no nos llama, es preferible ser optimista y pensar que debe estar muy ocupado en su trabajo, antes que tomarla con él por no recordar "aquellos buenos viejos tiempos".

En resumen, que hay gente en mi mente, que una vez estuvo en mi vida, y a la que echo de menos.

5.4.07

Autobiografía Ajena No Autorizada

Había empezado con grandes esperanzas, pensando que llegaría a ser novelista, pensando que sería capaz de escribir algo que conmoviera a la gente y que cambiara algo en sus vidas. Pero pasó el tiempo y poco a poco me di cuenta de que eso no iba a ocurrir. No llevaba dentro de mi ese libro, y en un momento dado me dije que debía renunciar a mis sueños. En cualquier caso, era más sencillo continuar escribiendo artículos. Trabajando mucho, pasando continuamente de un texto al siguiente, podía más o menos ganarme la vida, y aunque no fuese gran cosa, tenía el placer de ver mi nombre en letra impresa casi constantemente.

El señor Paul Auster se metió en mi cabeza y extrajo estos pensamientos. Lo extraño fue que lo hiciera cuando todavía no estaban ahí.

Me niego a ser la protagonista de una historia que se escribió cuando yo estaba empezando a aprender a escribir. Me niego a ser la protagonista de una historia que ya han vivido otros, miles de veces. Si no creo en el destino, tampoco tengo por qué creer en estas palabras. Y, aunque pueda ser considerado un acto de rebeldía, entiendo que la única creatividad consiste en romper estas barreras hechas de pesimismo, hastío y pereza. No quiero ser la perezosa que no supo rehacerse cuando parecía ver las líneas de su vida marcadas en la mano, sino la valiente que se atrevió a cuestionarlas.

Poco importa lo que llegue a hacer. Lo importante es no rendirse ante los primeros síntomas de cansancio.

Y La Trilogía de Nueva York es para enmarcar. O mejor, para no enmarcar nunca. Para no colocar nunca en una estantería a coger polvo. Es para tenerlo en la cabecera de la cama, o de almohada. Para dormir sobre él y despertar en él. Un libro camuflado en historias de detectives que habla, una y otra vez, del acto de escribir. Recomendado con cinco estrellitas.

19.3.07

Razones para estudiar idiomas

Hoy 19 de Marzo es la gran noche de las Fallas, es el momento de la Cremà, del borrón y cuenta nueva primaveral. Y en días como hoy no puedo dejar de recordar mis años de mocedad en Valencia. Por aquel entonces, Sevilla para mí era la ciudad que figuraba en mi partida de nacimiento y un lugar que apenas conocía, bosquejado sólo por los retazos llenos de añoranza que me traía mi madre en forma de coplas y de macetas en el balcón; ese lejano rincón de España al que acudía en Semana Santa para conmoverme ante el pan de oro de las canastillas neobarrocas y las bandas de cornetas y tambores. Sevilla podía ser sólo eso, pero significaba mucho más. Era mi Arcadia particular, el Edén del que fui expulsada sin tiempo de explorarlo en profundidad. Y mi morriña irracional alcanzaba cotas inexplicables, como mi testaruda negativa a vivir en Valencia y a asumir que vivía en Valencia.

Me asomaba a las Fallas con cierta repulsión y fingida indiferencia, que se tornaba iracundo desprecio cuando la parafernalia que rodea a la fiesta me atacaba directamente: esos niños tirándome petardos, esas multitudes incordiando, esas bandas de musica despertándome a las siete de la mañana durante la semana que no tenía que ir al colegio y que, supuestamente, tenía libertad para dormir hasta las tantas. Y, cómo no, esos peinados incomodísimos, de roetes tirantes y peineta clavada. ¡Cómo dolía! Esa chocolatada, que recibía arrugando la nariz ante los grumos y la gruesa piel de nata. Ese cantar un himno que no era mío, de la mano de niños que no eran mis amigos.

No, yo no era valenciana. Y hacía alarde de no serlo. Una de mis pataletas más duradera, porque duraba todo el año académico, se refería a la lengua: me negaba a estudiar valenciano porque no era mi lengua. Así que, durante todo el curso, renunciaba a hacer los deberes y trabajos diversos que se nos encomendaban, máxime si la cosa trataba de escribir una redacción sobre Jaime I -allí "Jaume I, el Conqueridor"-. Sabía que no tenía dificultad en aprender, sólo fingía que no quería hacerlo. Aprobar los exámenes no era ningún problema pero, a pesar de tener buenas notas al final, mi profesora decidió -con buen criterio, pienso ahora- suspenderme por este evidente problema de actitud.

La condición que me impuso para aprobarme consistía en realizar todas las tareas que tenía pendientes, todas las que había ido dejando atrás a lo largo del curso. No tardé más de dos semanas: aprobado asegurado, y el resto del verano para mí, sin manchas en mi expendiente. Pero sólo lo hice por eso, por no dejar manchas, por lavar más limpio y con serias dificultades para tragarme mi orgullo.

Ahora bien, si la profesora hubiera sido además una buena educadora, se habría preocupado además de hacerme entrar en razón, me habría convencido con argumentos para estudiar valenciano, que los hay. Me habría hecho entender que estudiar una lengua que no es la mía no sólo no es malo, sino que puede ser una herramienta muy útil para ayudarme a comprender mi propia lengua, si de ombliguismo se trata, dada la interconexión de las lenguas romances. Me habría hecho entender que estudiar la lengua del lugar donde vivo es un ejercicio de respeto hacia la cultura de ese lugar, un generoso intento por integrarme, del que me habría podido beneficiar con algo menos de aislamiento en mi absurda infancia. Me habría hecho entender que estudiar una lengua que no es la mía sirve, básicamente, para entender a quienes la hablan. Y no querer entender no sólo es un acto de soberbia, sino que fue la actitud más prepotente, rozando lo ridículo, que pude asumir.

Terminé hablando el valenciano bastante bien, casi como si fuera de la tierra. Pero, por falta de uso, hoy por hoy lo tengo bastante olvidado.

23.1.07

El inasible silencio

Hay veces en que es preferible callar y escuchar. Hay veces en que uno está cansado de escucharse hablar, tanto que ya no se oye más que con una voz apagada y gris, redundante y machacona, que suena como sintonía de fondo, como hilo musical de ascensor.

El problema es que a veces los silencios buscados no llevan más que a un vacío imprevisto, donde lo único que suena no son las esperadas voces de los demás; esas voces conocidas, amantes y amadas, que nos sacarán de la modorra espiritual, de nuestras vacaciones de continente y contenido léxico-gráfico. A veces, sin saber a dónde acercar la oreja, llegan a nuestros oídos palabras que nunca deberían haber llegado, bien incovenientes, bien innecesarias y, la mayor parte de las veces, inútiles y vanas.

Y muchas de esas palabras me hacen chirriar los oídos tanto que no puedo callármelo más y empiezo a escribir sobre por qué no me gustan los silencios que no permiten escuchar el silencio sino voces ineresperadas.

Encuentro la monodia imparable de una voz mandona, pero sostenida, que no sé como acallar, porque no basta con asentir, llevar la corriente o dar la razón, negando externamente la propia conciencia, los propios argumentos.

Encuentro publicidad barata. "Apocalypto, la última película de Mel Gibson. Con la colaboración de Turismo de México y Viajes Iberia." ¡Qué descaro! Cómo para alabar a los publicistas ahora...

Encuentro canciones de una emisora de radio que no busco y que no sólo carecen de su pretendida poesía, sino del más mínimo conocimiento de la gramática. "Es probable que lo merezco...". ¿Dónde se ha dejado esta chica el subjuntivo? ¿Es que en México no se utiliza?

Quizá por eso, los silencios infinitos, las medias voces, el griterío popular que atraviesa los muros de palacio y los ritmos trepidantes del pop y del rock, ensamblados en la última película de la Coppolina, María Antonieta, me gustaron tanto.

La crítica, para otro día.

16.1.07

Darse de Baja

Más de una vez he pensado en darme de baja del servicio de vida que tengo contratado hace 27 años; pero la empresa que me lo suministra no ha dejado de ponerme problemas en cada ocasión que he intentado hacer efectiva esa baja. Muchas veces me he puesto en huelga de vida, he dejado de usar el servicio, con la esperanza de que me dieran de baja automáticamente, pero no ha sido así.

Siempre respondía la típica señorita de Atención al Cliente, muy imbuida de conocimientos de marketing directo: "¿Pero cuál es el problema? ¿Ha consultado las ofertas que tiene disponibles? Quizá sea posible cambiar las condiciones de su contrato para hacerlo más favorable a sus necesidades." Ante mi negativa, mi postura inamovible, sin razones ni explicaciones, llegaban las amenazas: "Es posible que al dar de baja su servicio de vida, el resto de usuarios de su vivienda se vean afectados, ¿quiere continuar con el procedimiento de desconexión de cualquier manera?". Ahí la señorita de atención al cliente ya veía un resquicio de duda, pero no dudaba en pasarme con el Servicio Técnico para llevar a cabo la desconexión.

El Servicio Técnico de Suministro de vida, como todos los de su especie, utiliza un vocabulario único, que sólo sus trabajadores conocen. Las formalidades y formalismos, técnicos y tecnocráticos, de la burocracia tecnológica me dieron siempre quebraderos de cabeza. Me proponían elegir entre diversas formas de desconexión, pero, tal como me las ofrecían, ninguna resultaba del todo satisfactoria.

Un día me presenté en su oficina, ingenua de mí, y me mostraron un catálogo con las opciones, a cuál más desagradable y sangrienta, a sabiendas de que aquello me desmoralizaría y frenaría mi aparente ímpetu destructivo. Siempre planeaba sobre mí la duda de cómo afectaría mi desconexión a la red local de mi vivienda. Y todo ello pudo con mis razones diluidas. ¿Por qué no continuar con el servicio? ¿Y por qué sí?

Al final, me venció la pereza. Sigo con el mismo contrato, aunque he conseguido beneficiarme de alguna oferta. El precio sigue siendo elevado, pero he aprendido a usar el mando a distancia, el control remoto y todos esos sistemas que parecía que no servían para nada y que desconocía casi por completo. En fin, he descubierto ciertas ventajas en este servicio, y como no conozco nada mejor, he decidido no darme de baja.

Y en esas estaba cuando, hace dos días, suena el teléfono. "Le llamaba del banco para ofrecerle un seguro de vida". Esta chica de atención al cliente no conoce mi historia y no sabe lo poco que vale eso que ella quiere comprar por un precio tan alto, con el fin de hacer negocio.

21.12.06

Reposicionamiento I

- Voy a pasar el fin de año en España.
- ¿Ah, si? ¡Qué bien! ¿Cuándo vienes?
- Llego el día 27 a Barcelona y vuelvo el día 2 de Enero a Alemania.
- ¿A Barcelona?
- Sí, sería una buena oportunidad para vernos, ¿no?
- ¡Voy a buscar vuelos!
- ¿Entonces podremos vernos?

No tengo dinero para ir. Lo tendría si no tuviera que pagar mi seguro de coche de novata. Lo tendría si le pidiera algo a quienes me lo pueden dar. Pero aunque lo tuviera, no sé qué decisión tomaría. ¿Por qué ha elegido Barcelona? Ya que hace tantos kilómetros, ¿qué más le daba venir a Sevilla?

He cometido el error de pararme a pensar. Me he frenado cuando estaba a punto de contratar uno de esos vuelos relativamente baratos por internet. He apartado el ratón de la palabra "confirmar", porque he dudado. Me he preguntado... ¿A ella le importa realmente?

Su pregunta quedó en el aire. Aún tengo que contestarla.

8.12.06

Queridos Reyes Magos

Aprovechando que este año cuento con un medio de mayor difusión que la tradicional carta, he decidido escribiros a través del blog, esperando que así mis palabras tengan un alcance más amplio y también más profundo. En fin, que para variar, este año me encuentre con lo que he pedido y no con el best-seller comprado a última hora, como último recurso.

No sé si lo mereceré, porque casi diría que no veo cambios de un año para otro. La vida se me ha convertido en un continuo, que en ocasiones se hace aburrido; en otras, insoportable; y muy de vez en cuando, en bastante llevadero. He ido cometiendo los mismos errores de siempre y es que no paro de tropezar, a pesar de haber descartado ya los zapatos de tacón de mi armario. Probablemente, junto a los vicios de siempre, también han ido creciendo las virtudes que empecé a alimentar desde niña.

Pero lo que es seguro es que todo se ha vuelto más borroso y no sólo porque cada vez esté más miope, que lo estoy. No, ya me compré unas gafas nuevas y eso está solucionado. El problema, o quizá no tanto, es que se difuminan los límites. Así que mi postura, ante casi todo lo que me va viniendo, es menos reactiva en un primer momento; más reflexiva; y sobre todo, menos definitiva.

De aquel armario que tenía, he desechado algunos vestidos viejos: el dramatismo es quizá el que más me ha costado tirar. Pero he dejado alguno que otro que, remendado, puede ser un buen sustituto: el sarcasmo y la ironía, nuevas drogas para la supervivencia.

Por lo demás, y mirando el envoltorio, cualquiera diría que no ha habido cambios. Pero yo sé que vosotros sí los veis, que para eso sois los reyes...

Aquí os adjunto mi lista de regalos:

1. Quisiera un diccionario etimológico, para cumplir los mandatos de mi religión, que me requiere un amor profundo al lenguaje. Y nada mejor que un diccionario, para aprender a amar.

2. Quisiera un libro de autoayuda de los que venden en las librerías especializadas a los estudiantes de Comunicación Audiovisual, con un título del estilo: "Cómo escribir un guión documental" o "Narrativa audiovisual para principiantes", para dejar de decir que soy autodidacta, frase que algunos interpretan como una ventaja, en lugar de considerarlo como la limitación que es.

3. Quisiera que me tocara el piso de la promoción de viviendas para jóvenes en que me he inscrito. Ese, u otro, me da igual. O bien, que consigais con vuestros superpoderes de reyes magos, que el precio de las viviendas deje de crecer.

4. Y por último, os voy a pedir un regalo que no es para mí: que mi padre se mejore de lo suyo, no porque sea grave, sino porque... ¡es un quejica!

Yo con eso me conformo. No voy a hacer una lista de propósitos a enmendar, porque sé que no la voy a cumplir. Ni siquiera, aquello de apuntarme al gimnasio. Más que nada porque ese propósito sólo podría cumplirlo, previa negociación con mi jefe sobre los horarios. Y eso, seguro, seguro, que ni lo voy a intentar...

4.12.06

Cosas de la vida moderna

A veces sueño con vivir en un pueblecito junto al mar, en una casa vieja de techos altos, donde el aire helado del mar de invierno se cuela por las rendijas de las ventanas desvencijadas. Sueño con dejar mi puerta siempre abierta, sólo resguardada por la sombra del esparto. Sueño con sentarme y mirar por la ventana, mirar a la calle a mis pies, por donde pasará gente más o menos atareada, pero casi siempre conocida. Sueño con un balancín y una silla baja de enea.

Sueño con una con una casa sin televisión, ni radio, ni ordenador. Sueño con apartarme de internet. Sueño con que las únicas ventanas que abra sean las de mi casa.

Sueño con vivir mirando al mar, amando y dejándome amar; acompañando a mis niños al colegio; bebiendo limonada en verano y horneando galletas con sabor a canela cuando empieza el invierno.

Sueño con no tener que mirarme más al espejo. Sueño con no tener que comprarme ropa todos los años fijándome en las revistas de moda, para no llamar demasiado la atención. Sueño con olvidar lo que es una revista de moda.

Sueño con escribir todo lo que piense, no en un blog, sino en un cuaderno. Miles de cuadernos viejos que se irán amontonando en una estantería. Sueño con una estantería que se llenará de libros conforme los voy leyendo y no según los voy comprando para dejarlos luego arrinconados.

Sueño con que mi única profesión vuelva a ser la que soñé de niña: sueño con que me sea posible vivir pintando acuarelas, pasteles, óleos... Y si no, con tener tiempo para pintarlos. Sueño con vivir abrazada a una guitarra. Sueño con no estar ocupada en hablar, para poder cantar. Sueño con que en aquel pueblo junto al mar me conozcan como "la loca que pinta cuadros y no vende ni uno" o "la loca que se pasa el día cantando en un idioma incomprensible".

Sueño con no hacer nada, con no tener profesión, con ser un parásito de esta sociedad, donde todos estamos llamados a ser productivos.

Pero me temo que si algún día, por azares de la lotería que no juego, puedo cumplir mi sueño, me aburriré. Y en dos meses volveré al ansia internáutica de ver mundo más allá de donde estoy. Desdeñaré camisones con flores; caeré en las redes de cualquier peluquería, aunque sea de barrio; moriré por comprarme un mp3 o un portátil. Y por Navidad, no habrá galletas, pero sí carísimos regalos.

3.12.06

Un Restaurante Japonés

La primera vez que fuimos, hace más de tres años, fue casi por casualidad. Pasábamos por allí y sentimos la tentación de entrar a probar los platos de una carta que nos sonaban a chino, aunque fueran japoneses.

Como no éramos capaces de decidirnos, pedimos un menú. Como no sabíamos usar los palillos, pedimos cubiertos.

El arroz tres delicias no era como el de los restaurantes chinos.
La sopa miso, calentita y deliciosa.
El sashimi, una sorpresa. No pensé que pudiera llegar a gustarme tanto el pescado crudo.
Y el helado de té verde, ni fu ni fa.

Espiábamos, a escondidas, a un compañero de trabajo que también cenaba allí con su novia, envidiando la maña que se daban con los palillos.

Mirábamos deleitados la decoración, minimalista pero llena de detalles curiosos. Después supimos que esos pequeños detalles, los colores, las formas, los temas, iban cambiando con el paso de las estaciones. Como los kimonos de las camareras.

Las sucesivas visitas nos animaron a probar platos nuevos: el tofu, el tiriyaki, los pinchitos de pollo, que poco tienen que ver con los morunos... Y mientras tanto, encontramos nuestro menú perfecto: sunomono, harumaki, yakisoba y sushi mixto.

¡Un barco! ¡Yo quiero un barco de sushi! Me gritabas de vez en cuando, como un niño caprichoso.

La jefa de camareras nos reconocía y saludaba cordialmente. Bromeaba con nosotros cada vez que nos tomaba nota, porque siempre pedíamos lo mismo; cada vez que yo me derramaba la salsa de soja o la bebida por encima. Aunque el restaurante estuviera a rebosar, como todos los fines de semana, siempre era capaz de encontrarnos un par de toallitas calientes, humeantes, para las manos. El resto de los ocasionales visitantes no tenían esa suerte. Hemos vivido mes a mes su embarazo. La última vez que fuimos, le preguntamos si había sido niño o niña.

El árbol de otoño, cada vez con menos hojas. El calor del hogar y un abrazo. Hoy me apetece una sopa miso, bien caliente, a tu lado. Y basta.

Por si alguien está por Sevilla y le apetece ir, está en los Remedios, en la Calle Salado.

26.11.06

Libre

Ni con mis pies balanceándose al borde del abismo más profundo. Ni en la cima más alta, sintiendo como el viento oscuro me desenreda el pelo. Ni con los ojos posándose en el horizonte del mar inmenso, en busca del lugar a donde va la luz del ocaso. Ni cuando dejo volar mis sueños.

Con un lápiz en las manos es como más libre me siento.

11.11.06

Recuerdos de un abuelo que no conocí I

Recuerdo vagamente a mi abuela materna, que murió siendo yo muy niña. Me viene a la mente una imagen de esas enormes, que sólo se ven tan grandes desde la infancia, de un cabello blanquinegro. No gris, sino blanco y negro, entreverado. Los ojos también negros, pequeños y amables, que podían clavarse como alfileres, si era necesario imponer disciplina. Y las ropas negras, como las ancianas de hace 20 años, que eran mucho más viejas que las de hoy. Y recuerdo el dibujo que hice, cuando supe que había muerto; no por recordarme a mí misma haciéndolo, sino por haberlo visto por casa mil veces: el dibujo de una niña que llevaba flores a una tumba.

A mi abuelo, su marido, no le llegué a conocer. Murió mucho antes de nacer yo. Murió cuando mi madre era aún "mocita", como se decía entonces. Pero ella siempre procuró hacerme llegar su recuerdo, como una leyenda o un cuento, transmitido por tradición oral, de generación en generación.

Había una foto muy pequeña, casi de tamaño carné, en un marco sobre una repisa, que ahora no sé donde está (ni la foto, ni el marco, ni la repisa). Una de esas viejas fotos donde, a falta de Photoshop, los fotógrafos de la época habían aplicado algo de pintura sobre el rostro de mi abuelo, para hacerle brillar los ojos y colorearle las mejillas rechonchas. Debía tener en la imagen unos 60 años, pero aparentaba más.

Cuando yo tenía frío, en invierno, envuelta en mi bata rosa, nos sentábamos en la cama de mi madre y ella cogía mis dos manos temblorosas entre las suyas. "Tu abuelo tenía las manos enormes y siempre calientes. Y yo era muy friolera, como tú. Así que cuando tenía las manos heladas, me las cogía así". Y yo me imaginaba dos enormes hogazas de pan tierno y humeante, con vida propia, que venían a calentar los témpanos de mis dedos.

"Su madre, mi abuela, es decir, tu bisabuela, era italiana... De apellido Rossi".

El apellido paterno de mis abuelos maternos era el mismo, así que debín ser parientes lejanos, que habían ido a nacer uno a cada lado del mismo mar Mediterráneo: la una, en Santa Pola y el otro, en la Isla de Tabarca.



Debió ser allí, en la isla, donde aprendió su oficio. Mi madre nunca me dijo que era pescador, siempre decía que era "patrón de un barco de pesca". Y yo me lo imaginaba como al Spencer Tracy de "Capitanes Intrépidos", personaje que además mostraba un carácter dulce, y debía tener las manos siempre calientes.

Una de mis tías era pelirroja, y la llamaban "la rubia". También murió hace años.

Quizá fuera por las uniones consanguíneas, pero la familia de mi madre está repleta de casos de enfermedades debidas a la herencia genética, y alguna, sin cura conocida por el momento.

Yo me parezco a mi abuela paterna, o eso dicen, que falleció el año pasado a la edad de 92 años y más por aburrimiento que por otra cosa. Quizá no herede ninguna de aquellas enfermedades fatales, pero tampoco he tenido la suerte de ser pelirroja.

No tengo más recuerdos de mi abuelo, pero siempre me intrigó el hecho de haber tenido ascendientes italianos. ¿Quizá mi italianofilia se deba a eso? ¿O será más bien por mi interés por el arte? También creo que a él se debe mi amor infinito por el mar infinito, así como el respeto que le profeso, a sabiendas de que en cualquier momento, si no interpreto bien sus señales, se puede levantar contra mí.

8.11.06

Cassette de gasolinera

Sí, es cutre. Sí, de gasolinera. Pero lo he grabado para tí, con todo mi cariño, porque ¡ya tienes carné! ¡Yuhu! Mil millones de felicidades, y sobre todo, acuérdate de lo que dice la canción para darle un buen uso.

PD. Para los no iniciados: hoy es un día histórico. El hombre que no tenía carné de conducir, ya lo tiene. Por fin se ha examinado, durante 40 interminables minutos, pero con éxito. Así que, hoy es un día grande, día de fiesta. Tendremos que salir a celebrarlo.

6.11.06

Infectada

¡Aps! ¡Uy! ¿Qué ha sido eso? Creo que me ha picado un bicho. Me levanto la manga de la camiseta, y ahí está: una mancha informe, que va adquiriendo un tono rojizo, y que delata una leve inflamación. Tengo los dedos largos, como ET, así que no me queda más remedio que hacer como él: estirar el índice y señalar todo aquello que me llama la atención o me interesa; y tocar con la yema, para probar hasta dónde alcanza el nivel de dolor. ¡Uy!

Aún no duele mucho, pero sé que se hinchará. Y que la hinchazón no será más que el rastro de la lucha en mi cuerpo. El veneno ya se ha colado bajo mi piel. Estoy infectada y empiezo a sudar, no tanto por la fiebre, como por la angustia de saber que no tengo solución. Que lo único que puedo hacer es esperar a que termine la batalla, mientras sufro con entereza sus consecuencias; esperar a que pase la enfermedad y el dolor; asumir que la única cura es dar una respuesta hábil al veneno; crearla y desarrollarla; y, cuando el virus haya mutado, infectar a los demás...

Sí, me ha picado un "meme". Y no me queda más remedio que contestarlo. Se trata de responder a una serie de preguntas haciendo uso sólo de los títulos de las canciones de un grupo, el que sea. Como dicen en mi tierra: "el que más coraje te de".

No me da coraje, pero era evidente que mi grupo no podía ser otro que Radiohead, alabados sean. Vamos allá:

¿Eres hombre o mujer? Subterranean Homesick Alien
Descríbete The Tourist
¿Qué sienten las personas cerca de ti? How to disappear completely
¿Cómo te sientes? Climbing up the walls
¿Cómo describiría su anterior relación sentimental? Let Down
Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente: Optimistic
¿Dónde quisieras estar ahora? In Limbo
¿Cómo eres respecto al amor? Nice Dream
¿Cómo es tu vida? Life in a Glass House
¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo? Sail to the moon
Escribe una cita o frase famosa: ¡Error del sistema! No he encontrado citas ni frases famosas en toda la discografía de Radiohead. Más que nada porque supongo que preferirán inventarse frases nuevas para cada canción. Si no, ¿que interés tendrían?. Eso sí, si se trata de traer una canción llena de "tópicos" -en este caso tópicos sociales-, estoy entre Fitter Happier y la angustiosamente hermosa, casi sublime, No surprises.

Y, ya que quien me gustaría que contestara a un test de este tipo, no se digna a tener blog, tendré que infectar a otros. Mis elegidos son:

El Ché
Pies Automáticos
Lovesick
Y Sergio Mahugo

A ver quién se digna. Por cierto, ¡pero qué grandes son!

4.11.06

Diferencia y Equilibrio

Me he pasado media vida buscando a alguien igual a mí a quien amar. No me había dado cuenta de que para eso ya me tenía a mí misma. ¡Qué tonta!

28.10.06

Cuando seas padre...

...comerás huevos.

He oído tantas veces ese refrán, me lo dijeron tantas veces, que fui tonta y me lo creí. Nunca lo asocié al hecho de tener hijos, sino al de cumpliar años. Interpretaba: "Cuando seas mayor, serás libre". Y yo, de nuevo, fui tonta y me lo creí.

Desde entonces, fui cumpliendo años y reservándome para el gran momento de comer huevos, de ser adulta. Decidí portarme bien, hacer lo que todo el mundo esperaba de mí sin preguntarme si era lo que yo quería, procuré no defraudar a nadie y ser "una niña buena".

Perdí todas las oportunidades de rebelarme contra la autoridad, porque deseaba con todas mis fuerzas colaborar con ella. Seguramente deseaba era ser aceptada. Y mi única queja, mi pequeña rebelión, se producía sólo cuando no se tomaba en serio el esfuerzo que estaba haciendo, cuando se minimizaba.

Ya está bien. Ya soy adulta, o eso dicen. Y no compensa. He conseguido cargarme de responsabilidades y obligaciones que no puedo asumir. Y como siempre lo he dado todo, se sigue esperando que realice los mismos esfuerzos de antaño. Y estoy harta de superarme.

Ya está bien. Ya ha pasado todo.

Y no dejo de preguntarme por qué, cuando tuve la oportunidad, cuando era el momento de hacer las cosas, no lo aproveché. Esperé. Quise ser legal.

Y mi recompensa es haberme perdido la vida que pude tener. Porque ahora ya ha pasado todo. Ya no puedo romper las ataduras, ya no puedo soltar amarras. Debí hacerlo antes, cuando todos lo hacían. Debí ser insolente, irresponsable y despreocupada. Debí ser egoísta. Debí pensar en mí, cuando nadie lo hacía.

Eso sí, los huevos no me gustan. Ni fritos ni de ninguna otra forma. Será por eso que renuncié a comerlos.

26.10.06

Con la vista perdida

Ya lo anunciaba sutilmente, como viene siendo habitual en ese tipo de ofertas, la letra pequeña del rimbombante anuncio del periódico, en un lenguaje que no conseguí descifrar, pero que me sugería sin paños calientes que estaba demasiado miope como para hacerme unas gafas nuevas a buen precio.

No es que no fuera capaz de leer la "letra pequeña". Nada de eso. Si los ojos, hoy por hoy, para lo que me sirven es para leer. Eso sí, no me pidas que salga a cazar perdices, que me pueden pasar a dos metros en vuelo rasante y seguramente no las veré.

No, se trataba de un mensaje más o menos críptico incluido en el anuncio, por lo demás muy clarito, que venía a decir algo así: "Montura y cristales, 20 euros. Precio limitado a existencias, a los modelos más feos de nuestro escaparate y a miopes que tengan entre una y dos dioptrías". O algo así.

Pero me arriesgué. Me arriesgué a quedar como la cegata del pueblo. La muchacha que me atendió me dijo: "Es que con los cristales que tú necesitas no te lo podemos hacer, porque te pasas el límite de dioptrías. Además, esto está limitado a cristales sin reducción". Lo que era fácilmente traducible como: "Además, como no te hagamos reducción en los cristales, te veo con dos culos de vaso en la cara, bonita". Creo que aquella chica se reía para sus adentros. ¡Cuánta maldad hay en este mundo!

Después llegó la odisea de las monturas. La chica sólo me sacaba gafas que llevaban inscrito en el lateral cosas como "Carolina Herrera", o "Prada", o "CK"... No sé si es que no tenía otras o que me veía con ganas de tirar el dinero, aunque si fuera esto último podríamos decir que la que estaba totalmente ciega era ella. Era indiferente, con marca o sin ella, ninguna me gustaba, ninguna me sentaba bien.

Al fin, encontré unas gafas que, muy a pesar mío tenían una de esas inscripciones, pero resultaban más o menos discretitas. Y sin embargo, cada vez que me las pongo, no dejo de ver en el espejo a la inimitable Rosa León.

Con todo esto, lo que quiero decir es que, mirar seguiré mirando al infinito, aunque cada año vea menos. Y el dinero que me cuesta.

¿Por qué cosas tan básicas como ésta no las paga la Seguridad Social?

22.10.06

Una casa

Una casa con zaguán en penumbra, que recibe al visitante con los brazos abiertos de silbante frescor, apaciguando con mimo su mirada de estruendosa cal, reflejada en el sol de las calles. Una casa con patio, apoyado grácil en columnas, columnillas o pilares enroscados de hojarasca, poco importa; centrado por el run-rún de la fuente infinita e inaccesible, de un agua que uno no ha de beber; despierto en el verde de hojas, que caen por doquier. Una casa con pasillos breves y estancias cercanas. Una casa con pavimentos cerámicos, que acarician con hielo intermitente los pies descalzos del verano; y se visten de otoño con ropas de lana suave, de colores mitigados. Una casa de verano y de inverno. Una casa con un piso alto, de cristales donde ver golpear las gotas de lluvia, desde el familiar abrazo a una taza de café humeante; de cristales donde ver brillar las primeras luces de la primavera temprana, desde donde tomar decisiones alegres, como prescindir de la bufanda. Una casa de escaleras crujientes. Una casa de habitaciones sin muebles, con paredes que hablan, forradas de arte y de inarte, con luces cálidas y cortinas voladoras. Una casa que vive hacia dentro, sin alardes exhibicionistas. Una casa con neveras inventadas, horadadas en las esquinas de las gruesas paredes. Una casa de piedra, de ladrillo, de madera, relumbrada de cal y de estuco; renombrada por pinturas romanas a mano alzada y mocárabes colgantes, auténticos o falaces. Una casa de verdad.

¡Cómo hecho de menos esa casa que nunca tuve y que, seguramente, no tendré jamás! Las casas ya no se hacen artesanalmente. Vivo en un décimo piso, sin décimos de lotería que me permitan, por azar, hacerme con suficiente dinero como para pagar una casa hecha a mano, como las de antaño.

La historia es sabia y toda ella está recorrida por casas como esa en esta tierra. Y sin embargo, a alguien se le ocurrió, hace años, que todas las ciudades debían seguir el mismo modelo, independientemente de la forma de vida de cada ciudad, de su clima o de su carácter. Todas las ciudades se han hecho una, con prefabricados de cemento de baja calidad y paredes de papel que dejan oir los suspiros del vecino, hacinados unos sobre otros, en una colmena cualquiera que es igual aquí que en Pekín.

Yo quiero una casa romana y mora, donde el baño se me empañe y el vaho ascienda hasta irse, silencioso y discreto, por las lucernas del techo.