17.8.06

Mass Media, Menos Info

Mientras mi hermano aparece en las portadas de la prensa local de la provincia argentina de Chubut; mientras su historia es ampliamente conocida, no sólo por periodistas sino por particulares -a los que mi padre telefoneó por error en busca de información-; mientras da ruedas de prensa para los medios de allí, al respecto de la traumática experiencia que ha vivido en los últimos días; aquí no se sabe nada. ¿Por qué?

Puedo comprender que la historia de dos españoles perdidos en la Patagonia durante tres días no tiene mucha chicha, sobre todo si son rescatados con vida. Puedo comprender que el asunto queda muy lejos del interés general -el concepto de "interés general" no deja de ser muy relativo. Pero... ¿qué habría ocurrido si las autoridades argentinas no hubieran llegado a tiempo? ¿Sólo los muertos son noticia? El morbo que da un cadáver moviliza a una redacción entera; pero un relato dramático con final feliz, no. ¿No se dan cuenta de que a veces nos gustaría leer -o ver, o escuchar- historias como esa para no perder la fe en el ser humano? Concretamente, en el ser humano argentino y en las autoridades de aquel país, a las que mi hermano y mi cuñada no saben ya como demostrarles cariño y agradecimiento. ¡Les han salvado la vida!

Y siguiendo el mismo razonamiento, si ningún periódico español de tirada nacional y mucho menos local, se hace eco de la noticia por considerarla de escasa importancia. ¿Por qué allí sí lo hacen? Si nuestra Protección Civil hubiera salvado a dos extranjeros que andaban haciendo turismo por un parque natural cualquiera en unas condiciones meteorológicas tan desfavorables como para dejarles aislados, ¿nuestros servicios informativos habrían contado la historia? Yo creo que sí. ¡Cómo nos gusta hacernos publicidad! Quizá los argentinos piensen igual...

Afortunadamente, después de una amplia pero infructuosa búsqueda vía internet y después de gastarnos un dineral en llamadas a medios argentinos, hoteles e incluso, como ya adelanté anteriormente, particulares, hemos conseguido hablar con mi hermano, que no había llevado consigo el teléfono. Sabemos que está bien, pero estamos esperando a que vuelva con ejemplares de la prensa argentina de ayer para conocer los pormenores de la historia.

Estoy por llamar a A3 para ver si se dejan de hablar de redes de prostitución y de asaltos a chalés en sus reportajes de A Fondo, y hacen un hueco a mi hermano y mi cuñada, ya que al menos les conocen de antemano por su aparición en Pelopicopata.

16.8.06

Perdidos en Argentina

Mi hermano acaba de aparecer, después de estar tres días aislado en una carretera de la Patagonia impracticable por el mal tiempo, pasando frío y hambre en un coche de alquiler. Hemos sabido que se había perdido únicamente después de recibir su llamada en la madrugada pasada, para informarnos de que estaba sano y salvo.

En el rescate de mi hermano y mi cuñada, tomaron parte dispositivos de seguridad de la zona e incluso una avioneta, que fue la que finalmente pudo localizarles, ya que el tránsito por carretera aún era muy complicado.

El diario El Chubut es el que más detalles ofrece de la noticia, muchos más que mi hermano, que seguramente no querría preocuparnos.

Aún no sé qué pensar de todo esto. En la foto tienen muy mala cara.

12.8.06

Piratas del Caribe

Atención, pregunta: ¿Alguien recuerda qué película está viendo el monstruito deforme de los Goonies, de nombre Sloth, mientras está encadenado en su guarida? Se trata de una película de piratas que, más tarde emulará, si no recuerdo mal, para salvar a los muchachos de aquella mítica y ochentera cinta dirigida por Richard Donner (The Goonies, 1985). Yo diría que es Capitán Blood (Captain Blood, 1935) y si hubiera estado en mi mano la traducción de su título al español, no habría dudado en llamarla "Capitán Sangre", que es mucho más efectista.

En este ejemplo del cine de aventuras más clásico, el viciosillo Errol Flynn crea uno de sus personajes más carismáticos, el del pirata bueno -honrado, valiente, mil veces íntegro, justiciero y hábil en el manejo de la espada-, años antes de deleitarnos con la colorista Robin de los Bosques (The Adventures of Robin Hood, 1938), La Carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Light Brigade, 1936) o la mítica Murieron con las botas puestas (They Died with Their Boots On, 1941). Un personaje cuyos valores reproduce con tesón a lo largo de su filmografía y que sería determinante en la génesis del héroe americano de toda la vida.

En los últimos años, con la resurrección del género de aventuras, también hemos asistido al regreso de su fantasma hecho carne en el guapito de cara de turno, Orlando Bloom, con el mismo peinado y todo. Orlando ya copió a Errol en Piratas del Caribe: la Maldición de la Perla Negra (Pirates of the Caribbean: The curse of the Black Pearl, 2003), pero es ahora, en Piratas del Caribe: el Cofre del Hombre Muerto (Pirates of the Caribbean: Dead Man's Chest, 2006), cuando se le ve del todo la pluma y el plumero, descolgándose con el mismo estilo -daga en mano- por el velamen del barco y representando a un personaje que ya no tiene cabida en el cine de hoy.

Hasta el Motín en la Bounty (Mutiny on the Bounty, 1962), las películas donde el mar y el barco eran tan protagonistas como los hombres habían sido siempre películas de hombres: es decir, machismo en estado puro, de las que son capaces de exasperar incluso a las que nos declaramos en contra del feminismo radical, en el mejor de los casos; y de aburrirnos mortalmente, en el peor. En ellas, frecuentemente, se habla de estereotipos humanos y valores inútiles que no nos interesan; las batallitas, en las que se basa el ritmo del conjunto, son coreografiadas y cortadas por el mismo patrón; y las protagonistas femeninas quedan relegadas a un incómodo segundo plano, donde todo lo que hacen es esperar a ser rescatadas removiéndose en uno de esos vestidos imposibles de llevar.

Últimamente se han ido cambiando las tornas, con desastrosos ejemplos donde la mujer no sólo ha dejado de ser pasiva sino que, por contraposición y en un movimiento pendular excesivo, se ha convertido, misteriosamente... ¡en un hombre de acción! Y para ello, véase La Isla de las Cabezas Cortadas (Cutthroat Island, 1995).

El papel de la mujer en el cine se ha ido adaptando a los cambios de mentalidad de los últimos años y así, ha recuperado su dignidad pérdida como mujer, adquiriendo una nueva dignidad nunca antes reconocida como "mujer de acción". Y ésto, precisamente, es lo que personalmente me atrevería a salvar de esta entrega, que por cierto no será la última, de la saga Piratas del Caribe. Se ve que no hay dos sin tres...

Ante un "Capitán" Jack Sparrow muy decadente, que se ha convertido en una caricatura de sí mismo -cuando ya él mismo no era más que una caricatura-; es decir, en un ridículo y cobarde Rey del Escaqueo. Y ante un Will Turner, aka Errol Flynn, anclado en 1935, cegado por la palabra "honor" y con grandes dificultades para descubrir los claroscuros del alma humana. Es la enclenque pero hermosa Elizabeth Swann -¿por qué es el único personaje que no tiene página propia?-, la que demuestra que los tiene tan bien puestos como mi admirada Eowyn; la única que sabe lo que quiere -véase el detalle de la brújula mágica- y que va a por ello sin dudarlo, sin escatimar en ingenio para conseguirlo y con la suficiente picardía como para no dejarse engañar por las apariencias.

Supongo que estos detalles en la caracterización del personaje han sido genialmente ideados por los guionistas para que las mujeres que vamos a ver la película no terminemos demasiado aburridas como para negarnos a ver la tercera parte. Y es que el "Capitán" ya ha perdido toda la chispa de la primera parte: ni sorprende, ni divierte, ni hace reír. El exceso de fantasía sin ton ni son ha engullido las posibilidades dramáticas hasta hacer de la película un engendro para niños. Y no es que ahora resulte poco creíble; es que, incluso para alguien que acepta ya de antemano que se trata de un cine de fantasía desbordante, carece de interés y de gracia. Salvo cuatro chistes flojos y la posibilidad de carcajearte con el doblaje del malo malísimo que ni impone ni da miedo -al contrario que su antecesor- y que es imposible dejar de comparar con Arévalo, la diversión brilla por su ausencia.

A estas alturas nadie me va a vender los fuegos artificiales, también conocidos como efectos especiales y tal, como excusa para ver una película. Y si la comicidad se desinfla... ¿Qué motivo me queda para esperar otros tres años a ver la tercera parte de Piratas del Caribe?

Veredicto: aburrida, floja, prescindible. Ni Johnny Deep merece la pena, ni siquiera cuando está a punto de ser engullido por un bicho descomunal, construyendo una imagen que no deja de recordarme al enfrentamiento entre Gandalf y el Balrog. Paralelismos por todas partes y demasiados barroquismos monstruosos para ocultar una grave carencia de ideas originales.

9.8.06

Beethoven en la Maestranza

El genio del Maestro siempre es grande, pero en una plaza de toros parece que se empequeñece. Seguramente no era aficionado a nuestra "fiesta nacional", al menos no tanto como su coetáneo Don Francisco de Goya y Lucientes, que no sólo era un gran admirador de los toreros de su época, sino que se rumorea que hubiera deseado vestirse de luces en sus años mozos.


A Beethoven y Goya se les ha comparado a menudo y siempre buscando un nuevo punto de convergencia. Que si la enfermedad, que si la sordera, que si el carácter... No voy a entrar en los dos primeros aspectos, porque para eso necesitaría tener datos concretos, y para especular, ya está el Canal Historia; pero en cuanto al carácter, siendo algo tan subjetivo, me atrevería a formular mi propia hipótesis.

La evolución del drama en ambos artistas es inversa: el español nació pobre y sin cultura, pero era un arribista despabilado, que supo ganarse la confianza de los poderosos, al tiempo que iba absorbiendo todos los conocimientos que estaban a su alcance. Fue feliz durante muchos años, hasta que la curiosidad mató al gato: saber más de la cuenta de sus amigos aristócratas fue la primera decepción. Después llegaron otras cuando se enteró de lo que pasaba en Francia, cuando tuvo contacto con las ideas revolucionarias y, sobre todo, cuando se dio cuenta de la imposibilidad de implantarlas en el Paraíso de los Cainistas, popularmente conocido como España. Su enfermedad fue la gotita que colmó el vaso: cada vez más solo, perseguido y repudiado por sus antiguos amigos, y además sufriendo terribles dolores y una progresiva sordera... ¡Que levante la mano el que piense que no le agriaría el carácter!

El alemán, por su parte, era un alma en pena practicamente desde que nació, de los que ven el vaso no medio vacío, sino casi casi vacío. ¿Pero de verdad había algo en el vaso? El pobre parecía que no podía tener una vida tranquila: constantes traumas, una familia rota, deshecha desde su infancia, desengaños amorosos y mucha soledad... Problemas que degeneraron en intentos -o al menos intenciones- de suicidio.

El hecho es que parece que pasar por situaciones extremas ayuda a cambiar la perspectiva. La historia de Beethoven es una historia de superación: de superación de sí mismo, de sus miedos, de sus traumas y de su capacidad artística. Cuentan que no dejaba una partitura tranquila, que la emborronaba constantemente hasta que obtenía lo que quería, hasta que todo encajaba en sus oídos primero, y más tarde, en su cabeza. Muchos le llamarían obsesivo; otros, perfeccionista.

Con los años, dejó a un lado las decepciones íntimas y se paró un poco a pensar en el bien general, recuperando la fe en el ser humano. Mientras tanto, se había ido quedando sordo, algo que desesperaría a cualquier músico. Y sin embargo, él seguía trabajando sin descanso, con una capacidad de abstracción que fue lo que quizá le convirtió en el padre de la música contemporánea.

La 9ª Sinfonía es un ejemplo de todo eso y, como ya sabrán todos los fans de Miguel Ríos, un canto a la esperanza en el hombre. Beethoven se convenció de que había una solución para los problemas del mundo, de que esa solución podía llegar a ser una realidad, y de que esa realidad sólo dependía de la voluntad del ser humano. En lo que no cayó el Maestro es en lo complicado que puede llegar a ser poner de acuerdo a toda la Humanidad. Pero ya se sabe, a grandes metas, grandes dificultades.

La West Eastern Divan tiene hoy, dos siglos más tarde, el mismo entusiasmo para materializar los sueños del Maestro. Pero la cosa no para de ponerse cuesta arriba. El utópico proyecto de Barenboim y Said quiere cambiar el mundo a través de la música.

Por eso, fue muy esperanzador comprobar ayer noche, a eso de las diez, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, la cantidad de público congregado para asistir al concierto de la joven orquesta de músicos árabes, judios o de cualquier otra etnia, raza, religión o nacionalidad. Y más si esta orquesta cargada de buenas intenciones y magistralmente dirigida por el propio Barenboim iba acompañada por el Orfeón Donostiarra para interpretar la Novena del Maestro. La Novena, nada menos.

Mucha gente, familias enteras. Me sorprendió la cantidad de jóvenes, pero no sólo el "menor-de-30-cultureta-snob", que por definición tiene la obligación de asistir a estos conciertos; sino chavales de 20, de 18, de 15, a los cuales no me costaría demasiado enmarcar dentro de la estética tradicionalmente "cani". Había incluso niños, y no quiero decir niños de 10 años, de los que están aburridos ya de ver el Conciertazo -admirable programa, por cierto- y necesitan algo más fuerte: me estoy refiriendo a renacuajos de la talla de "bebé mocoso", uno de los cuales amenizó la fiesta con un potente y sonoro llanto, capaz de competir con las voces de los que estaban en escena.

Mi esperanza en la futura cultura musical que podía abrazar mi tierra empezaba a truncarse por momentos, cada vez que echaba un vistazo alrededor. ¿Qué hacía allí toda esa gente? ¿El calor les había afectado al cerebro? ¿Quizá no tenían nada mejor que hacer y no tenían tele por cable o internet para consolarse? ¿Había sido el precio de la entrada -diez euricos- lo que les había animado a reunirse en la plaza de toros? ¿O es que mis paisanos van a la plaza de toros en cuanto haya un evento programado, sea del tipo que sea?

No tengo la respuesta, pero mis recientes análisis de la idiosincrasia sevillana me hacen decantarme por la última opción. La gente iba al concierto como quien va a los toros, lo que me hace pensar que quizá no estaba informados de que estaba previsto un concierto, y además de música "clásica". Es decir, botellitas de agua fresquita y refrescos varios recién comprados, bolsas de cacahuetes, pipas, kikos... Como en los cines de verano de antaño, sólo faltaban los bocadillos -no vi ninguno, pero no puedo asegurar que no estuvieran allí. Lo que haga falta y a disfrutar del espectáculo. A mi espalda se sentó una familia, de las que antiguamente se conocería como "familia numerosa", con cuatro o cinco niños, una de ellas con un hipo incesante, y el resto pasándose la bolsa de cacahuetes sin pelar.

Para hacer más difícil la tarea de mantener la atención, alguien tuvo el considerado gesto de sufrir un "yuyu" -por ahí se habla de desmayo-, con lo que nuestros ojos no pudieron hacer otra cosa más que centrarse en los efectivos de la Cruz Roja, que subían como podían entre la multitud para asistir a la protagonista del momento.

Eso, y la tradicional acústica del albero, explica que el sonido no llegara con intensidad y mucho menos con claridad. Se escuchaba un buen amasijo de notas, hasta el punto de que los pianissimos eran imperceptibles; hasta el punto de no distinguir cuando entraba un instrumento u otro; hasta el punto de hacerme pensar que la soprano desafinaba como una bellaca. Y en este punto, espero estar equivocada, porque en gallos no le ganaba ni Bustamante.

Por lo demás, los pelos como escarpias. Estando como estaba en una plaza de toros, estuve por sacar el pañuelo para pedir las dos orejas y el rabo, mientras el director hacía un gesto provocador: quizá no lo sabía, pero al señalar a la orquesta como la merecedora de los aplausos que le brindábamos, tenía una pose torera que ni Curro Romero. Sevillanía hasta el final: los aplausos se convirtieron, mágicamente, en palmas al compás. No sé donde terminaba el gesto simpático de los sevillanos, donde empezaba la costumbre de aplaudir así, sea cual fuere el motivo, y qué espacio quedaba para la que considero la auténtica razón de estas palmas: darle una lección de ritmo a Don Daniel, que de esto los andaluces sabemos un rato.

Eso sí, aún me duele la espalda. Y es que las plazas de toros no están hechas para disfrutar de la música.

8.8.06

Víctima de los Aeropuertos

Como la mitad de los españolitos de a pie, eso es lo que soy, en eso me he convertido. Yo que alardeaba tanto de no volar con Iberia, de no dejarme engatusar por nuestra amada y bienintencionada compañía aérea nacional, de haberme pasado al enemigo alemán, también conocido como Lufthansa, ahora me tengo que tragar mis palabras.

Ya no sé si los tradicionales problemas aeroportuarios españoles son cosa de nuestras chapuzas caseras, es decir, de los responsables de la gestión de los aeropuertos; o de las compañías que en ellos se integran, y hacen negocio claro está.

El asunto es que yo ahora mismo debería estar en Alemania, en aquel pueblo que acogió a Nietzsche en sus años mozos... Y aquí estoy, en casita. Pero ni me extraño, ni me sorprendo: y es que dadas las circunstancias, visto lo visto durante los últimos tiempos, tras la huelga de pilotos o desastrosos espectáculos como el del Prat, creo que casi todos los usuarios estamos ya curados de espanto.

La cosa empezó a olerme a chamusquina cuando reservé mi billete por internet -¿por qué no empezaré de una vez a desconfiar de esta máquina infernal, como dicen algunas personas de cierta edad?- con una compañía que consideraba lo suficientemente fiable: Lufthansa. Todo iba bien hasta que, en el momento del pago, me prometieron enviarme el billete por correo ordinario a la dirección postal que les indicase. ¿Por qué? En otras ocasiones, concretamente en los vuelos de Iberia, no he tenido necesidad de llevar al aeropuerto un billete "físico": me bastaba con llevar impreso el e-mail que confirmaba la transacción e indicaba el código de reserva correspondiente.

En principio no le di más importancia. Pero el día del vuelo se acercaba y el billete continuaba sin llegar a mi buzón así que, aunque iba poniéndome nerviosa, pensando que no me dejarían subir al avión sin el billete; intenté dominar a mi "yo dramático" pensando que, como con los vuelos de Iberia, con el e-mail bastaría.

Todo habría ido bien si el Metro de Madrid, enterito, no estuviera en obras. El trayecto de Atocha a Barajas, que normalmente no ocupa más de media hora y no exige hacer más de dos transbordos, en esta ocasión me hizo perder una hora entera dando vueltas por túneles subterráneos varios, cargando con una enorme maleta por escaleras que, por supuesto, se construyeron cuando aún no se habían inventado las mecánicas.

Pretendía pasarme por el mostrador de Lufthansa, primero, para comprobar si había algún problema con el billete. Pero como iba un poco justa de tiempo y la compañía asociada que operaba el vuelo, que no era otra que Spanair, estaba en una terminal distinta, decidí ir directamente a facturar. Ingenua de mí, pensaba que si había algún problema, el personal de Spanair me lo diría antes de hacer subir mis maletas al avión.

Pero no. Aunque tenía que cambiar de avión en Frankfurt, para seguir hasta Leipzig con otra compañía distinta, concretamente Eurowings, la amable señorita del mostrador de Spanair no sólo me confirmó que podía recoger mis maletas directamente en el destino final, sino que me dio las dos tarjetas de embarque para los dos vuelos.

Lo demás estuvo más bien dentro de lo que cabe esperar en estas situaciones: primero, patearme todo el aeropuerto en busca de mi puerta de embarque; dejar que me desnudaran para comprabar que no llevaba armas de destrucción masiva en los calcetines; aguantar una cola de media hora para embarcar y, mientras tanto, mordisquear un bocadillo de jamón. De ese jamón que pensaba que no iba a volver a probar hasta pasadas tres semanas de exilio germano...

Pero, como en las películas, estaba despidiéndome por teléfono de mis seres queridos, cuando formulé un deseo en voz alta: "Ojalá pudiera quedarme en España". Y, como en las películas, se cumplió. Al llegar al embarque, más o menos, vinieron a preguntarme que dónde iba yo queriendo volar sin billete. Les mostré las tarjetas de embarque y el e-mail, confirmando la reserva, pero no parecía ser suficiente.

Las palabras más difíciles de asumir en momentos así son: "Un momento, voy a hacer una llamada para comprobarlo". Y eso es lo que me espetó sin remilgos el "encargado de hacernos embarcar", cuyo cargo tendrá otro nombre más profesional, supongo. El tío estuvo mareando la perdiz un buen rato, sujetando el teléfono entre el cuello y el hombro, mientras me tenía esperando y dejaba pasar a otros pasajeros. Al colgar me dijo que mi billete no había sido emitido y que no podía volar sin billete; que la única solución era ir a recogerlo al mostrador de Lufthansa, pero que como estaba en la otra punta del aeropuerto, no le daría tiempo porque el avión estaba a punto de despegar. Y que fuera yo corriendo si me atrevía... Más o menos.

El simpático trabajador del aeropuerto dio por hecho que no había solución y me aseguró que me iban a "reasignar a otro vuelo", cosa que no me interesaba demasiado porque perdería mi enlace a Leipzig y, en consecuencia, mi posterior enlace en tren a Naumburg. Y sin más ganas de complicarse ni de perder más minutos atendiéndome me despidió, mientras yo le miraba con la boca abierta, indicándome que no olvidara recoger mi maleta al salir.

Lo de las maletas es otra. Estuve como una hora esperando a que salieran y cuando mi paciencia estaba a punto de agotarse le pregunté al imperturbable trabajador de "equipajes perdidos" si aquello era normal, si solía tardar tanto y si cabía la posibilidad de que mis maletas estuvieran ya volando hacia Leipzig. A la que el hombre me sonrió, con toda la tranquilidad del mundo, y contestó: "Es una posibilidad". Atónita me quedé.


Para varíar, esta aportación icónica es mía, una foto tomada en el Aeropuerto de Barajas. Me gustaría llamarla Maletas Esperando a sus Dueños. O bien, ¿Qué llevan puesto?

Recogidas las maletas -en realidad una, la otra sigue perdida- me fui al mostrador de Lufthansa a alcarar lo sucedido. Efectivamente, mi billete no llegó a emitirse y, afortunadamente tampoco me habían llegado a pasar a mi cuenta el cargo de 386 euros que costaba. La bilingüe español-alemán me atendió con comprensión y amabilidad en mi idioma, mientras cuchicheaba con su compañera en alemán por lo que, paranoica como soy, ya empecé a pensar que aquello era una conspiración contra mí. Pero no, aquella me aseguró que no me iban a cobrar el billete, sólo los gastos de gestión. ¿De gestión de qué? ¿De un billete que no existe? Estaba tan agotada que decidí obviar el asunto. Le pedí que no me "reasignara" nada, que no me pusiera en lista de espera, como ya me había prometido, porque sólo tenía ganas de volver a casa a descansar.

Y en esas estoy, descansando. Y sin ninguna gana de viajar, y menos aún, de volar.

Y conste que a mis lectores les he ahorrado el asunto de la otra trabajadora de Lufthansa que me había atendido previamente y que se dedicó a recordarme, con aires broncos, lo estúpida que soy, lo fácil que me resulta perderme en un aeropuerto y las escasas posibilidades que tenía de llegar a mi destino en las horas que le quedaban a aquel sábado.

4.8.06

Cerrado por Vacaciones

Para evitar un engorroso mailing de despedida, he preferido llenar ese espacio vacío en forma de archivo correspondiente al mes de agosto de 2006 en este blog, con el objetivo de informar, a quien pueda interesarle, de mi inminente partida.

No, no os asustéis, mi querida multitud de incondicionales lectores, de momento no abandono estas páginas. Aunque es posible que lo haga -no creáis que no me lo he planteado, después de haber cumplido un año en blogger sin celebrarlo, como casi todos mis cumpleaños. Se trata de un cierre temporal por vacaciones, pero como casi todos los blogs que visito, así como las escasas tres o cuatro personas que de vez en cuando me leen, también andan un poco desconectados, casi nadie se va a dar cuenta.

Mañana cojo, no uno, sino dos aviones para Alemania: uno de España a Alemania y el otro, dentro del propio país para llegar a mi destino, un poco apartado de las habituales rutas turísticas. Se trata de un pueblecito de 31.000 habitantes, más cerca de la frontera checa que de Berlín, por ofrecer un dato respecto a su situación, que sin embargo, no tiene nada que envidiarle a algunos destinos turísticos mucho más sobrevalorados. Imagino que, entre otras cosas, encontraré cierta calma y pocos ordenadores; es decir, algo que necesito mucho. Además, cuenta con una catedral que, aunque no había oído mencionar en mis cinco años estudiando Historia del Arte en la Universidad de Valencia, parece de gran interés por su decoración escultórica. Pero como aún no lo he visto, mejor no adelantar acontecimientos.

De hecho, prometo a mi regreso un completo cuaderno de viaje. Literalmente, que para eso me he comprado dos cuadernos de gusanillo y cuadritos. Aunque todavía no sé si lo incluiré en este blog, o crearé uno ex profeso.

Por otro lado, se me quedan en el tintero muchos temas de los que hablar, muchas ideas anotadas a bote pronto o a vuela pluma -¡Qué dos expresiones más bonitas!-, ideas que no han sido ampliamente desarrolladas, no tanto por la falta de tiempo, como por puro agotamiento: mis párpados caen pesadamente cada vez que tienen que enfrentarse a una pantalla de éstas y mis dedos se colapsan ante el teclado tras dos o tres golpes sobre los caracteres.

Algunos de mis temas pendientes, de los que no puedo prometer que vaya a desarrollar a mi regreso, podrían llevar por título:

- Si yo fuera alcaldesa
- Cómo hacerse millonario en internet con las descargas de música
- Huelga de tomates
- Encuestas auténticas: nadie ve documentales

Etc.

Y el etcétera, sí que prometo desarrollarlo.

Hasta septiembre.

25.7.06

Escopofilia

Dícese de la pulsión sexual que subyace en el placer de la contemplación cinematográfica. Esto, aplicado al cine, claro está. Porque hay otros enfermos por ahí que hablan de perversiones varias. Y no es el caso.

Esta atracción es limpia, vouyeurista, pero limpia. Y lo es porque nos sucede a todos, lo que termina normalizándola, nos guste la idea o no. Es uno de los motivos más frecuentes para ir al cine, o para encender la tele. Las demás razones, son de cada uno, pero habitualmente consisten en el aburrimiento, la monotonía, el tedio o la necesidad de llenar un espacio vacío e íntimo, con la plenitud de una gran mentira.

La escopofilia, mal que les pese a los malpensados, no entiende de sexos. Y es que mujeres y hombres nos sentimos atraídos por mujeres y hombres de la gran pantalla: ellas quieren ser como ellas; ellos quieren ser como ellos; ellas se sienten satisfechas -fabulosas- de verse tan definida e idealizadamente reflejadas; ellos no son menos y se sonríen al descubrir alguno de sus defectos en el disfraz de persona humana que llevan los superhéroes.

Le pasaba a Hitchcock, buscándose sin encontrarse en Cary Grant. Me pasa a mí, anhelando la talla de sujetador de Scarlett Johansson. Pero no se trata sólo del deseo que provoca una persona que podría ser nuestro yo mejorado. Hay escenas y personajes en la historia del cine que son memorables y basta. Se quedan grabados en nuestra memoria y, aunque sepamos el por qué, no nos importa: nos deleitarán siempre. Hay rostros que son hermosos por sí mismos, o porque quien los ha dirigido, ha sabido crear una obra de arte con ellos. Y es que la escopofilia no es más que la explicación -o la aplicación cinematográfica- de un concepto de placer estético que se puede rastrear a lo largo de toda la historia del arte, en todas las artes y en todos los géneros. La capacidad de disfrutar contemplando la belleza recreada de algo que no es real.

Para mi se quedan las antiheroínas, aquellas que juraban no volver a pasar hambre bajo un cielo teñido de rojo; o las víctimas-verdugos en forma de fantasma del pasado recortadas sobre un espectral fondo verde; o las mujeres fatales que esconden un cuadro psicológico grave de dependencia emocional.

Para mi se quedan los antihéroes, capaces de llorar por amor mientras se muerden las uñas de una mano que sostiene una rosa; los psicópatas redimidos; los psicópatas que no se quieren redimir; los que esconden sus virtudes bajo un halo de misterio o de torpeza; y los siempre impecables, sea en el personaje que sea, con lo que tenemos que volver sin remedio al inefable Cary Grant.

Pero quizá los casos más llamativos de fascinación por las imágenes del cine se encuentran en aquellas que asociamos a otras imágenes de nuestra vida cotidiana. Ese "me recuerda a..."



Y eso es lo que me pasa con ese Vittorio Gassman de Riso Amaro (1948).

¿Cuáles son vuestros iconos?

21.7.06

Tabula Rasa

Había una vez un espíritu joven que caminaba por una playa de arena blanca y fina. Sus pasos se sucedían decididos por la orilla, ya hiciera viento o frío; subiera o bajara la marea. A veces, el sol acariciaba sus pies, dándole una tregua. Pero nunca paraba a descansar. Y continuaba la marcha, que según el día se hacía ligera o pesada, pero siempre adelante.

En ocasiones tropezaba, sobre todo aquellos primeros días en que los tobillos aún no se habían hecho fuertes, o sus rodillas chocaban tímida y torpemente. Pero era ágil y capaz de reaccionar a tiempo, antes de caer. Un salto, una zancada, un paso más largo, con un pie hundido en la arena, y bastaba para evitar la catástrofe.

Pero otras veces encontraba piedras en el camino. Las más grandes, las sabía esquivar. Las que realmente temía eran esos restos de gravilla; los cristales que, con los años y las olas, terminaban con los bordes limados; o los fragmentos de conchas que siempre había en la orilla. Pequeñas piedras, pequeñas heridas... que algún día podrían ocasionar una caída definitiva, un dolor que, acumulado, resultaba demasiado grande.

Y así ocurrió. Por primera vez, sus rodillas se clavaron en el suelo, al tiempo que las lágrimas se mezclaban con la espuma de las olas. Y, al levantarse, miró atrás. A su espalda quedó una huella fea y borrosa, en la que pensaba a menudo, al continuar su camino: una huella que se reproducía en sus sueños con más frecuencia que la propia caída; una huella absurda y necia; una huella vergonzante que su corazón, aspirando a la más pura perfección, no podía olvidar ni perdonar.

Pensando en aquella huella, sus pasos se hacían cortos e inciertos y el horizonte se difuminaba sin remedio. Pensando en aquella huella, llegó a olvidar que había tenido razones para caminar.

Así que un día, viéndose perdido, no pudo hacer más que regresar sobre sus pasos, siguiendo sus huellas, hasta que alcanzó aquel borrón en la arena, intacto, inalterado por el viento y por el mar. Se agachó de nuevo, para mirarlo de cerca, recordando su caída, vislumbrando su silueta. Y sonrió. Porque no podía sino extender la palma de su mano, deshacer los inexactos terrones de arena y borrar su huella. Quedó el perfil de la orilla idéntico a sí mismo y el espíritu, que descubrió marcado en él su camino, siguió adelante.

(La foto es de Seryo y se llama "Footsteps").

19.7.06

Generosidad

¿Cuánto hay que dar para aprender que lo importante no es recibir?

16.7.06

Pérdidas

Cosas que se han perdido con los años y las mudanzas:

La máquina de coser de mi madre. Una bolsa llena de miles de botones de diferentes formas, tamaños y colores. Una carpeta con patrones y una caja metálica, seguramente de esas antiguas cajas de galletas, con tiza de color rosa, blanco y azul, para marcar dibujos sobre la tela. Una de las palabras más sonoras del diccionario: acerico. Un mortero y un pasapuré.

Ella era costurera; yo no sé coser. Ella era cocinera; yo no sé cocinar. Ella era madre; yo no quiero ser madre.

Mi caballete y mi caja de óleos. Una carpeta llena de dibujos a lápiz, acuarela y carboncillo.

He olvidado quién soy.

Un piano, un órgano casio, una flauta. Discos de vinilo.

Ya no se oyen aquellos sonidos.

(La foto es de Wakalani y se llama "Remendando").

13.7.06

Un dúplex

Vale, compro el piso de arriba y nos hacemos un dúplex. Rompemos el techo, ¿y qué? ¿Los de arriba dónde pisan?

Una de estas ideas tan absurdas que no he tenido más remedio que escribirla para dejar constancia de que la he pensado. Para eso y para romper un poco el hielo tras la severidad del post anterior.

Úlcera de Corazón

Las piedras no tienen corazón.
Algunos hombres son de piedra.
Arqueología.

11.7.06

Guapos y Campeones II

Crónica de la Final del Mundial de Fútbol, redactada ayer 10 de Julio de 2006, para acompañar a las imágenes del post anterior, y no al revés.

El GG, Grupo de los Guapos, también conocido como Selección Italiana de Fútbol, que en su país de origen se llama "calcio", se ha llevado un premio. Un premio que no sólo merecía ya de antemano por hacerle frente al término anglosajón, inventando su propia palabra, o mejor dicho, adaptando con celebrada genialidad una antigua palabra -que en su idioma significa nada más y nada menos que "patada"- al nuevo concepto de tan noble deporte, cuando surgió allá por el siglo XIX más o menos.

Un premio que no consiste en crear un calendario de desnudos para el Cosmo, como quisiéramos algunas. No señor, se trata de una especie de trofeo dorado con forma de globo terráqueo, con el cual -en el momento de alzarlo su capitán, se entiende- se han proclamado sin vergüenza ni modestia como los mejores jugadores de fútbol -o calcio- del mundo. Es decir, los que mejores patadas pegan.

El GG no ha necesitado de metrosexualidades ni tintes para ser campeones, al menos en belleza. Tampoco han requerido un juego brillante para lo otro, lo de las patadas. Les ha bastado con no dejarse ganar por los bastardos franceses.

Tras asistir a la merecida y espectacular victoria de Federer en Wimbledon, ante un Nadal peleón, determinado y digno, pero poco afortunado, decidí que mi cupo de deportes en el día de ayer estaba ya cubierto. Así que cuando ese estudiante de Derecho de 64 años con el que comparto piso, que responde al nombre de "papá", se acomodó delante del televisor con la intención de ver la final del mundial, huí a mis aposentos.

Sin embargo, el griterío del segundo gol despertó mi curiosidad y me asomé a ver quién había sido el afortunado. Fue entonces cuando el GG, a quienes no había visto en todo el campeonato, apareció en pantalla haciendo gala de una sonrisa seductora, que deslumbraba aún más ante la posibilidad de la victoria. Si hubiera sabido que había chicos tan guapos jugando al fútbol -o calcio- me habría aficionado a este deporte mucho antes.

Por lo que vi después, y teniendo en cuenta mis escasos conocimientos en la materia, llegué a la conclusión de que el GG no merecía la victoria, muy a pesar de mis deseos, desatados por la pasión -esa lascivia declarada que me provocaban los jugadores- sumada al anhelo patriótico de ver caer a nuestros verdugos, no sólo por ser verdugos, sino por ser franceses, conceptos ya de por sí indisolubles. Tanto como la guillotina y la revolución.

"Pero esa es la grandeza del fútbol -o calcio-..." que dirían los comentaristas deportivos de A3. Italia jugó a defender y lo hizo bien, plantando un muro infranqueable ante su portería, que por cierto no se llamaba Buffon, sino Cannavaro, capaz de repeler todos los ataques de los franceses, más lucidos en sus ofensivas.

Francia hizo lo que sabe: jugar al fútbol, sacar pecho cantando la Marsellesa, mostrar orgullo patrio y hacer gala del mítico mal gusto galo, y no sólo por el corte de pelo de Ribery, al que es fácil imaginar cortando cabezas de herejes en las cruzadas, o la cara de paleto de Sagnol, que desde que descubrió lo que era un balón decidió dejar la tradición familiar de hacer queso curado de un golpe con las dos manos. Se trata de una mezcla de mala leche, con mal olor corporal -fácilmente identificable en el Metro de París-, que yo definiría como "leche agria".

Pero el campeón en "leche agria" fue sin duda Zidane, que perdió los estribos, hizo perder a su selección el partido y el campeonato, y sobre todo, perdió para sí mismo la oportunidad de retirarse como un caballero.

Con más belleza de cara y de espíritu -mientras no se demuestre lo contrario, los insultos de los italianos no llegaban hasta los micros- el GG, Italia, es por cuarta vez campeona del mundo de fútbol -o calcio.

Guapos y efectivos en su trabajo. ¿Qué más se les puede pedir a los italianos? Que sean cariñosos, generosos, brillantes, inteligentes, geniales, tiernos, educados... Y que echen de vez en cuando una mano en casa a sus señoras, si es que las tienen. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, que diría Ende.

10.7.06

Guapos y Campeones I

Gianluca...

Filippo...

Vincenzo...

Francesco...

Luca...

Andrea...

Fabio...

6.7.06

Qué tiempos aquellos...

¿Os acordáis cuando los tomates sabían a tomate, y no a agua, y daba gusto comérselos así, sin pelar y "a bocaos"?

¿Os acordáis cuando al yogur natural azucarado, que era de Danone porque no había otra marca, había que echarle al menos dos cucharadas de azúcar para poder degustarlos sin arrugar los ojillos para soportar la acidez?

¿Os acordáis cuando con un único sueldo a lo largo de una vida, y aún menos, bastaba para vivir holgadamente, comprar una casa, un coche, y para dar de comer a una familia entera, compuesta por una pareja con más de un hijo?

¿Ha cambiado algo? ¿Vamos a mejor?

4.7.06

Muecas del Mundo

Hay tanta poesía por ahí... ¡Y yo sin encontrarla! Será que el mundo se empeña en mostrarme su peor cara: no la más dura y cruel, que me removería las entrañas en busca de la poesía de la acción directa; sino la cara más rancia y perversa, la de la desidia, el tedio, el hastío y el abandono. La cara de un mundo donde no hay razones ni respuestas para la propia existencia ni la ajena. La cara que hace muecas como queriendo decir "déjalo, pierdes el tiempo, no merece la pena".

O quizá soy yo, que no soy capaz de arrancarme las legañas de los ojos después de tanto llorar; y ya no los puedo abrir. Y ya no puedo ver más que una mínima parte, esa cara rancia, de lo que el mundo puede ofrecerme.

Me estoy rindiendo.

27.6.06

Oda a los gatos


Me llevo bien con mi gato porque cuando le llamo, no viene. Si su nombre suena en mi boca con tono cariñoso y exultante, entonces quizá levante la cabeza y me mire expectante. Quizá maúlle a su vez, contestándome sereno, con rumor tintineante, como el balido de Copito de Nieve llamando a Heidi. Pero nunca viene cuando le necesito, sólo viene cuando le apetece.

Cuando le hago ver que puede encontrar en mi regazo un hueco confortable, con un par de sonoras palmadas en el muslo, entonces sí, aparece trotando y mullido. Deja caer sus ocho quilos de cojín blandito, caliente y vivo sobre mí, y se acomoda durante un buen rato. Busca el mejor hueco, se hace un ovillo, cambia mil veces de postura, me pisa el estómago y siempre, sobre todo cuando llega el verano y la ropa se hace más ligera, busca con su patita mi pecho, como preguntándose si esta vez le daré de comer. Cuando ve que no estoy dotada para alimentarle, se queja, maúlla con la boca abierta de par en par, con un lamento que suena como un lastimero "¡pero mamá!". Y como no hay de comer, olfatea cuanto puede, lame, chupa y se relame al olor de mi colonia. Y si no llevo colonia, será por la crema hidratante. Y si no, el desodorante. Y si no, el gel de ducha. El caso es que a mi gato siempre le huelo bien y por eso me lame. No se trata de una demostración de cariño, como los babosos lengüetazos de un perro cualquiera.

Me llevo bien con mi gato porque no me hace caso, ni me necesita; porque a veces desaparece y paso un día entero sin saber de él. Porque resulta divertido buscarle y encontrarle siempre en el lugar más confortable y cálido de la casa, que suele ir variando según la estación del año en que nos encontremos. Y así, mi gato resulta ser siempre el mejor indicador de comodidad.

Me llevo bien con mi gato porque casi nunca se queja, sólo cuando tiene hambre y sólo porque no tiene manos para abrir el paquete de comida, que si no, él mismo se la echaría. Ya lo intenta con los dientes, pero claro, no es fácil.

No pide cariño, sólo una caricia de vez en cuando. Y aunque nadie esté por la labor de dársela, a él de la igual y se la toma, acariciándose con la barbilla contra las piernas de su favorito en ese momento.

Me llevo bien con mi gato porque me deja hacer mi vida. Ni da ni pide nada, sólo está para compartir ese rincón calentito del sofá. Y si no le interesa mi compañía, se va.

Me llevo bien con mi gato porque no es servil ni traicionero: es compañero, es un igual.

Y a veces, echo de menos sus acertados gestos: esa altivez en respuesta a mi soberbia; esa distante piedad, cuando me encuentro mal; esa capacidad para dejarme sola cuando quiero estarlo y acompañarme cuando necesito un amigo; esa sabiduría infinita para aplacar un grito injusto y para ganarse una caricia. Echo de menos esa conciencia de igualdad en muchas de las personas que me rodean y que siempre son más o menos que yo: siempre exigen sin agradecer, adulan sin razón o, sencillamente, ignoran cómo pararme los pies.

A veces, tengo que ser gata. A veces, sólo mi gato puede comprenderme. Y quien quiera un perro que se lo compre; con los gatos no se puede.

23.6.06

Autología Número N

Me dispongo a escribir la autología de las autologías, el artículo autorreferencial por excelencia: hoy no sólo voy a hablar de mí, sino de cosas que hago, como este blog. Mi yo interno y mi yo externo, mi ser y mi estar: mi propia autología nunca consensuada.

Hoy voy a hablar de las palabrejas que aparecen al lado de este post, en la columna de la derecha, por si alguien tenía una mínima curiosidad al respecto: se trata de categorías creadas gracias a un portal delicioso, cuyo descubrimiento debo agradecer a Matías. Por muy delicioso que sea, dicho portal no sabe hablar más que inglés, y seguramente resultará muy útil para los creadores de blogs anglófonos, que al parecer, son parcos en palabras. Yo quería crear categorías, es cierto, pero será verborrea o alguna otra enfermedad. El caso es que no me bastaba con poner aquí, ordenadamente, palabras sueltas que pudieran sugerir a mis posibles lectores el tema de que tratan las diferentes entradas, seguramente porque mis entradas no tienden a ser homogéneas ni mucho menos. Me hacía falta unir varios conceptos, o crear conceptos nuevos e inestables por naturaleza, como el material radioactivo. Dado que en delicious no era posible (o yo no fui capaz) poner más de dos palabras en cada tag (o categoría), sin que fueran inmediatamente separadas, como los hermanos gemelos al nacer en un telefilme cualquiera, decidí inventarme las palabras, con un nombre más o menos rimbombante, que resultara, si no sorprendente, al menos divertido para mis (escasos) lectores.

Autología, para quien todavía no lo haya adivinado, se vinculará con artículos autorreferenciales o biográficos. Estetoscopiética es un intento de reunir en un único "palabro" la ética y la estética, aunque se me coló el estetoscopio del doctor House por medio, será porque él nunca lo usa. Musicalería no habla de música, ni de crítica musical seria, sino de lo que me hace sentir la música. Poeticología es una antología poética bloguera. Quejiquerías aúna las críticas con espíritu quejica que gusto de hacer en estas páginas. Reflexiojos es un compendio de reflexiones reflejadas. Y revoltillo, una receta gastronómica que por fuerza lleva huevo.

Espero que os gusten y que os sean útiles.

De momento, siguiendo las recomendaciones (o friki-ideas) de un bloguero-comentador muy eficiente, aquí os doy una pista de lo que soy en realidad. Autología Número n:

Artificial Lifelike Machine

16.6.06

España en "Er Mundiá"

Los mundiales de fútbol, como casi cualquier otra competición deportiva internacional -salvo las de balonmano, que desde que se fue Iñaki, ya no las ve nadie-, suelen ser una buena excusa para hacer gala del patriotismo eufórico y triunfalista más visceral.

Por mi parte, me voy a ahorrar el disgusto de caer en semejante tentación, inclinándome por la prudencia más escéptica en lo que se refiere a las posibilidades de victoria del mal llamado "combinado español" -huevo frito con patatas y filete de ternera. Estas son las razones que apoyan mi tesis:

  1. La tradición: un equipo que cae eliminado tradicionalmente en los momentos decisivos no parece tener muchas posibilidades de ganar.
  2. La calidad humana: un equipo que cae eliminado tradicionalmente en los momentos decisivos no puede escudarse siempre en la mala suerte. Hay que reconocer que los nervios traicionan y que el adversario es mejor, más fuerte, aunque sólo sea a nivel psicológico. Un futbolista de élite no puede permitirse el lujo de fallar un penalti por más que haya 100 millones de personas pendientes del resultado que depende del tiro o 5.000 cámaras apuntándole.
  3. Las maneras: ningún equipo dirigido por un tiparraco malaje, borde, antipático y maleducado como Luis Aragonés merece ganar nada. La justicia final del deporte es implacable.
  4. La representatividad: un futbolista que se queja por tener que levantarse a las ocho de la mañana -con el día muy avanzado, para muchos de los que seguimos los partidos desde casa- no tiene derecho a representar a todos los españoles.
  5. La estética: mi lema en este sentido es "desconfía de los hombres que se hacen mechas". ¿Qué podemos esperar de un deportista más preocupado por su imagen que por sus resultados? ¿Vamos a creer en esta panda de patanes presumidos? Si al menos tuvieran buen gusto, podríamos darles una oportunidad, pero ejemplos como los de Albelda o Cañizares apuntan en sentido contrario.
  6. La canción del mundial: ni "opá" ni "a por ellos" se merecen mis respetos. A escupirles, a otros. Sin comentarios.

Declaración final: si, a pesar de todas las razones en contra, España gana el mundial, me alegraré, pero en ningún caso me retractaré de todo lo dicho. Ea.

13.6.06

Pensar y Hacer

Esta debiera ser la segunda entrada dentro de la categoría "Reflexiones", y así sería si supiera como organizar este blog en categorías, pero no es el caso. La primera se llamaba "Sueños" y anda perdida por la marea, con marejada a fuerte marejada, de las aguas atlánticas -frías, violentas, enormes- de este blog.

Alguien me dijo una vez que "el cerebro no aprende pensando, sino haciendo".

A lo que me gustaría añadir: el mejor síntoma de madurez no consiste en ser capaces de plantear en abstracto las soluciones más adecuadas, convenientes, precisas y prácticas a los problemas más complejos; el mejor síntoma de madurez consiste en tener la valentía de arriesgarse a poner en práctica dichas soluciones. Resumiendo, aprendemos de las decisiones que tomamos, erróneas o acertadas. Arriesgarse es aprender a vivir. El momento presente no es un ensayo de un futuro ideal e inexistente, es definitivo: hay que arriesgarse. O aceptar la muerte en vida que suponen el tedio y la falta de iniciativa, el esperar a que las cosas cambien o, peor aún, el desearse suerte.

7.6.06

Lenguas que unen y separan

Hacer uso de una lengua es ejercer una voluntad de entender. Para eso sirven las lenguas, tanto en su vertiente oral como en la escrita: para entenderse uno mismo -todos hablamos solos, todos formamos frases en nuestra mente antes de pronunciarlas para estar seguros de transmitir el significado apropiado- y para entender a los demás.

Ninguna lengua es perfecta, porque todo es mejorable, pero en el uso práctico se acercan mucho a la perfección. Son sencillas, por su carácter directo y porque todos, desde edades tempranas, hemos sido capaces de usarlas; pero al mismo tiempo son complejas por abarcar toda una serie de signos y símbolos que van mucho más allá de la mera expresión fonética, y que son capaces de transmitir, con bastante precisión, casi cualquier idea, pensamiento, emoción o sentimiento. Y además, las lenguas son entes vivos, que se renuevan y se adaptan constantemente y casi sin esfuerzo, sólo con el uso, a las necesidades de los hablantes.

Las lenguas unen, crean puentes de comunicación, que a su vez refuerzan los lazos vitales: los lazos que establecemos con quienes convivimos, con las personas que llegamos a conocer. Bien usadas, las lenguas son generosas, porque facilitan la comprensión del otro. Con las lenguas, salimos de nuestro autismo emocional para acercarnos a lo ajeno. Las lenguas nos permiten aspirar a lo universal.

Y sin embargo, en ocasiones, las lenguas son muros y puentes dinamitados. Hay quienes siendo capaces de hablar la lengua del otro, se mantienen obcecados en el uso de la suya propia, aun sabiendo que el otro no les comprende. Hay quienes, de este modo, no hacen gala simplemente de una enorme falta de respeto, sino de una ausencia de voluntad de entender: son personas que no quieren hablar con los demás, sino que gustan de escucharse a sí mismos.

Había olvidado la "castellanofobia" que se vive en los territorios en que se habla catalán o valenciano. Había olvidado pequeños ejemplos cotidianos de marginación, como cuando tenía que elegir mis asignaturas en la Universidad de Valencia y las que se impartían en castellano estaban casi siempre fuera de mi alcance y de las posibilidades de cualquiera de encajar en un horario que permitiera terminar la carrera en cinco años.

Hoy he recordado todo aquello, cuando una amiga alemana me ha enviado un e-mail en que decía: "Felicitats per haver aprovat el carnet de conduir". Sé que tiene un "spanish friend" en Munich y estoy segura de que ha sido él quien la ha ayudado con la traducción. Sé que su intención era tener la deferencia de felicitarme en mi propio idioma, igual que hice yo en su cumpleaños. Y sé lo que significa la frase. Pero su "spanish friend" ha estado a punto de arruinarle el detalle... Menos mal que sé catalán y conozco a mi amiga.

19.5.06

Un Mundo Sin Humos

Pactos medioambientales de alcance internacional y dudosa efectividad, dado su escaso seguimiento por los países más contaminantes. Un deseo explícito, aunque sólo de palabra y no con hechos, de impulsar el uso del transporte público en las grandes urbes, con proyectos como el Metro, que avanzan a un ritmo desesperante, entre otras cosas por paralizaciones constantes, como la propiciada en Sevilla por Los Verdes, en protesta por la tala "masiva" de cuatro palmitos en un jardín en que hay que excavar para continuar las obras. Y la puntilla, las leyes antitabaco, que sólo han conseguido que los fumadores tomen las calles, dejando su consiguiente reguero de huellas, esto es, colillas esparcidas por doquier, y que todos los restaurantes se apunten a la moda del "aquí se permite fumar".

Todos estos esfuerzos por un mundo sin humos, voluntandes ecologistas y solidarias que se unen... Pero todos, camino del fracaso más absoluto.

¿Por qué la responsabilidad de construir un mundo mejor, más limpio, más habitable y más sano debe recaer mayoritariamente sobre los usuarios en general y, en particular y más frecuentemente, sobre los que menos tienen, en lugar de recaer sobre los gobiernos? ¿Por qué tengo que perder cuatro horas al día (de 24, es más de un 16% de mi día, es decir, una sexta parte) en ir y venir del trabajo por mi voluntad responsable de utilizar el transporte público? ¿Y por qué otros siguen fumando resguardados tras los cristales ahumados de sus coches oficiales, grandes consumidores de los carburantes cada vez más caros que pagamos todos? ¿Por qué en este país, y más en esta tierra andaluza, con más de 3.000 horas de sol al año no se fomenta la instalación y uso de la energía solar? ¿Por qué a pesar de mi probada incapacidad y torpeza a los mandos de un vehículo me veo obligada a sacarme el carné de conducir y a tener un coche propio, con su correspondiente y desorbitado gasto? ¿Por qué si, como decía aquel anuncio, a mi no me gusta conducir? ¿Es ésta la manera de conseguir un mundo sin humos?

Está visto que el negocio siempre va por delante de la salud pública -si no, ya habría retirado definitivamente el tabaco del mercado, en lugar de asustarnos con mensajes en las cajetillas o subir los impuestos- y del futuro de nuestro planeta.

PD. Estoy probando esto de los links, que me hacía falta.

18.5.06

Decálogo del Músico Pop

Un conjunto de diez ideas, sin orden ni concierto, que no pretenden ser normativas, sino inspiradoras, para que el músico pop pueda desarrollarse y continuar su tradición popera:

1. No intentes ser original ni innovador. Recuerda que "pop" viene de popular y con cosas nuevas es imposible ganarse al público.

2. Tus temas han de ser siempre canciones. Olvida las composiciones instrumentales y paranoias varias. La canción es lo único que cualquiera puede tararear, incluso en la ducha, es la más "popular" de las formas musicales... y recuerda que "pop" viene de popular.

3. Para componer tus canciones, pon un especial cuidado en la creación de melodías, que serán como una bomba de relojería, perfectamente diseñadas y ensambladas para estallar en el momento preciso. Los temas musicales deben ser asequibles al oído de tu espectador-oyente y conformar una estructura perfecta e irrompible: la canción pop.

4. En tus canciones, habla de cosas cotidianas, de temas próximos a la rutina diaria y a los intereses de la gran mayoría de la gente, ese gran estrato social de cultura media. Utilizar la poesía y la metáfora es positivo para revestir a tus obras de cierta calidad, pero imponte un límite: no dejes que tus canciones terminen por ser algo abstracto, hermético o introspectivo. No caigas en la reflexión. Lo más "pop" es hablar de la gente común y corriente que te va a escuchar, es decir de la Common People (véase Pulp). Recuerda que "pop" viene de popular.

5. El arte popular habla a las emociones, y eso es lo que debes trabajar en tus canciones: eso es lo que debes transmitir. Los ritmos alegres y saltarines de fin de semana desconectando, los himnos generacionales con los que la gente pueda sentirse identificada y las melodías melancólicas propias del estado seudo-depresivo propio de la gente que nunca ha tenido una depresión de verdad son los extremos entre los que debes moverte.

6. Procura que las canciones sean pegadizas, pero no tanto como para que la gente se canse pronto de oírlas.

7. No caigas en la vulgaridad de crear canciones excesivamente simples y sin contenido. El reaggeton no entra en la categoría pop. Recuerda que "pop" viene de popular, pero en las generalizaciones que entraña el concepto de popular sólo es posible incluir a ese grupo de personas con una cultura media que, invariablemente, solicitan alimentarse de un arte con un mínimo nivel de calidad.

8. Procura cuidar la imagen tanto como tu sonido. No es sólo una autoafirmación del artista integral que llevas dentro y que te obliga a mimar los detalles del diseño de tus portadas, explorando nuevos campos de la creatividad. Recuerda que "pop" viene de popular, en todos los sentidos, y para ser popular hay que integrarse en, al menos, un canon de belleza. Las teorías estéticas contemporáneas dan para mucho, así que no te preocupes si no eres especialmente agraciado. En este aspecto, son claves la ropa, el pelo, las gafas de sol y, sobre todo, la pose.

9. No te preocupes por el estilo de tu música. Ya vendrán otros a ponerte etiquetas. Intenta hacer simplemente aquello que te gusta y te hace disfrutar porque eso se nota en el restultado final de la obra. Si la etiqueta recibida es nueva -normalmente basada en la unión de dos o tres conceptos o subestilos ya inventados hace años-, enhorabuena, ya eres más pop que nadie. Y si no, no importa. Ya sabes que la innovación es desdeñable. Se trata de reinventar un modelo que ya está inventado, que ya es pop-ular.

10. Imita y copia a tus clásicos, a los grandes músicos que escuchaste en tu última infancia y primera juventud, y hazlo sin pudor. No les estás plagiando. Les estás "homenajeando".

Dicho ésto, todos a escuchar a San Blur.

11.5.06

Barroquismos Aparte...

...Es un buen disco. He tardado meses en darme cuenta, porque estaba ahí liada con el cincel y el martillo, para sacarle esa gruesa capa de yeserías coloreadas; volutas de mil tamaños envueltas sobre sí mismas y revueltas con las demás; armazones de madera tallada, calada y dorada; piezas de plata y oro repujados, fundidos y entrelazados; y otras cursilerías del estilo.

Hay por ahí quien alaba el buen gusto de la orquestación exuberante, por su capacidad de superar el habitual concepto de cuarteto pop-rock contemporáneo. Hay quien distingue la belleza de las voces enlazadas en una chillona polifonía que no es tal. Y la mayoría de las críticas le llegan a ver la gracia al uso de organillos, acordeones y xilófonos... Qué gracia.

Pero a mi todo lo que sea adorno, o exorno que suena más impostado aún, me exaspera. Por eso, por pura pereza, me ha costado tantísimo trabajo descubrir el gran disco que yace bajo el barroquismo enervante de Arcade Fire. La primera escucha me legó una expresión de repulsión que me costó mucho borrar de la cara, regalándome unas cuantas arrugas de más. Sin embargo, los días de trabajo, cincel en mano, fueron descubriendo temas elegantes, melodías inteligentes y en absoluto artificiosas -al contrario que su "exorno"-, y letras que no tienen nada que envidiarle a la poesía. Lástima que le hayan echado tanta basura encima, pensaba. ¿Será que tengo un prejuicio estético basado en el minimalismo?

Hasta que un día sorprendí a Bowie tarareando uno de sus temas y acompañado de los miembros del grupo, a quienes veía por vez primera, que tocaban junto a él. Y ví hasta dónde llegaba la melodía, y hasta dónde el influjo hipnótico de la instrumentación efectista, sí, pero de origen intuitivo y no artificioso como yo pensaba. Y me di cuenta de que lo que coreaban todos era un auténtico himno. ¿Cómo puede ser tan absolutamente brillante, vitalista y conmovedor un disco que se llama "Funeral"? Quizá porque las palabras claves que explican su sentido son desarraigo, madurez y aceptación.

Eso sí, yo sigo sentada en el asiento de atrás.

9.5.06

Canciones Desgastadas

Hay canciones que a veces se gastan. Suelen ser las mejores, aquellas que provocan una indescifrable montaña de sensaciones, que exaltan los estados de ánimo: las canciones donde la belleza y el sonido son gemelos; las canciones que franquean sin llamar las puertas de la sensibilidad. Una sensibilidad que, queramos o no, está ligada a nuestra subjetividad, y por tanto, a un momento histórico y psicológico de nuestro ser.

Por eso, cuando el momento pasa, la canción se queda colgando de un abismo. No escuches más, que ya es bastante. No escuches más, que la vas a gastar. Al llegar al borde del abismo -sublime, como todos los abismos-, la canción ya está agotada y hacerla sonar más es verla morir lentamente, escuchando cada nota con una expectación cada vez menor, con una emoción cada vez menor, en un espectáculo tan hermoso como decadente. Hay que saber parar a tiempo.

Mi impaciencia y yo hemos gastado muchas canciones, incluso discos enteros. Me deshice de Creep con avidez y de Dog Man Star con la sospecha de que su decadencia era la razón de ser de un disco irrepetible, en todos los sentidos. Quedaron en el olvido de un momento vital y escuchar esas canciones desgastadas significa asistir con los ojos cargados de una frialdad, mejor o peor adquirida, a aquellos días, aquellos temores ahogados por una falseada abulia constante.

Pero a veces revivo con sorpresa emociones que creía perdidas en el pasado. A veces, disfruto desemplovando -literalmente- mis viejos clásicos desgastados, reconstruyendo aquella que fui y aferrándome a una clase de belleza que sólo aquella persona que ya no existe podía sentir.

Si pudiéramos hacer lo mismo con los sentimientos, no existiría el desengaño. Si con sólo pulsar un botón, pudiéramos escuchar de nuevo la misma canción, todos conservaríamos aún nuestra inocencia y nuestra fe.

8.5.06

Parecido Razonable III


Más de lo mismo, aunque Jeremy Sisto nunca llegará a ser tan carismático como Jim Morrison... Nunca llegará a tener una mirada tan turbadora.

Me di cuenta al ver "May, ¿quieres ser mi amigo?". Una fantástica película que, en contra de lo que aparenta, no es de terror. Y sin embargo, da escalofríos. Poética y recomendable a más no poder.

Parecido Razonable II


Y siguiendo con el hilo del post anterior, no dejo de preguntarme cómo es posible que la legión de seguidoras de Chris Noth (el insufrible Mr. Big de "Sexo en Nueva York") no se haya dado cuenta de que es una reencarnación del mítico Victor Mature. ¿Será que no tienen memoria cinematográfica?

Parecido razonable


Mirando esa imagen de Ida Lupino en "El último refugio", he descubierto que la actriz tiene hoy en día una versión, algo más siniestra, excéntrica y atolondrada, a partes iguales, en una popular cantante, de raídas cuerdas vocales...

12.4.06

Sin tirantes

¿La portada del nuevo disco de QOTSA?


¡No! El cartel de la versión fílmica de la obra de Joan Martorell, Tirant Lo Blanch. Con lo pesados que se me ponían en el colegio, hablando de la magna obra de las letras valencianas, habrá que ir a verla...

28.3.06

A través del Espejo


...O a través de la pantalla.


Al mundo de la pequeña Alicia de Lewis Carroll, lejos de la dulcificada versión de Disney, se llegaba por la senda del sueño, de la introspección o del autoanálisis. El camino hacia la fantasía y la imaginación no era un sendero de impolutos adoquines amarillos, con la promesa de un paisaje de reluciente esmeralda de fondo. Ese camino era pedregoso y sucio, lleno de obstáculos... El camino del creador y sus batallas internas.

Y una vez alcanzado ese estado que permitía mirar más allá de la razón, los frescos que pintaba el pensamiento eran ambiguos. No llenos de monstruos, como alertaba Goya, pues los monstruos del aragonés eran los miedos que genera siempre la ignorancia; sino llenos de trampas, de cuerpos lozanos que ocultaban un alma decadente; de figuras geométricas perfectas, que analizadas con detenimiento, resultaban imposibles; de muertos que consumían en éxtasis una vida sin fin; y vivos que desperdiciaban insolentes un instante de aburrimiento. Frescos de miedos y pasiones exaltadas.

En todos los momentos históricos en los que la estética dominante se ha definido como expresionista -desde el Helenismo, al Romanticismo, pasando por el Barroco o la Alta Edad Media-, el arte ha entrado siempre en terrenos que pertenecían a la imaginación; una imaginación desbocada que por su naturaleza debía ser íntima y privada, pero que haciéndose pública permitía al autor compartir, o protagonizar en su buscado endiosamiento, esos momentos de vivencia psicológica y emocional extrema, a través del dolor y el placer, a partes iguales. El recurso imaginativo de aquel que tiene la vida resuelta y no sabe qué hacer con tantos pensamientos abarrotándole la cabeza: el recurso del aburrido, del incauto o del que no encuentra su lugar en el mundo, en un mundo que parece que no va con él, cuando quizá es él quien no va con el mundo.

En estos periodos históricos, el arte no tiene bastante con "re-presentar", volver a presentar, la realidad; rehacerla, siguiendo los objetivos que marca la razón. En estos casos, el arte sirve para "re-vivir" la realidad: se convierte en una realidad paralela, en un modo seguro, cómodo y sin riesgo, de experimentar con mayor intensidad, incluso con violencia, lo que la vida de por sí ofrece, de un modo mucho más mesurado. El arte se convierte en una aséptica herramienta que sirve a los cobardes para vivir al máximo.

En mi opinión, culturalmente no hemos dado muchos más pasos desde las teorías hegelianas. Vivimos en una especie de post-romanticismo constante: un romanticismo descafeinado y desvaído, donde el exceso de creadores onanistas mata las posibilidades de creación verdaderamente interesantes.

Y socialmente, ese post-romanticismo de la experiencia vital, brutal pero segura, puede verse a diario en nuestras adicciones cotidianas. Nuestros entretenimientos -música, literatura, cine... o sencillamente, el fútbol en el caso de otros- sirven para vivir "a través de". ¿Cuándo nos lanzaremos al campo a jugar el partido? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que hay vida, más allá de la pantalla?

9.3.06

La Revolución del Post-it

En esta sociedad contemporánea, donde el ordenador se ha convertido en un elemento tan cotidiano como la tostadora -y como la tostadora, lo ponemos en funcionamiento por pura inercia y con las legañas pegadas-, las formas de comunicación han variado notablmente, aunque no su contenido. Los mensajes, las actitudes, y lo que se pretende conseguir con ellos, siguen siendo los mismos.

Llevamos cerca de diez años usando los chats como plazas de pueblo en plenas fiestas, cuando son aprovechadas como improvisadas pistas de baile. Después vinieron los foros, donde ya no resultaba tan arriesgado lanzarse a la arena, ya que jugábamos con la ventaja de estar en nuestro terreno: al fin y al cabo, los foros han sido siempre lugares de encuentro sobre un tema común.

El messenger como evolución del chat hacía más efectiva la comunicación persona a persona, una vez hecha la criba entre la fauna que puebla el ciberespacio, tras una primera toma de contacto. Darle tu messenger a alguien llegó a significar lo mismo que darle tu teléfono al ligue de una noche.

Luego descubrimos que las ventajas de MSN iban mucho más allá. Aquello podía tener más usos: los salidos buscaban una víctima más o menos fácil para sus perversiones varias, eso sí; pero también estaban los desesperados, que buscaban psicólogos; los suicidas, que buscaban una mano presta a cogerles por el cuello de la camisa justo cuando iban a emprender el vuelo desde el balcón; los pseudoautistas, incapaces de comunicarse, que buscaban una vía de escape vital en su enclaustramiento voluntario; los románticos, que no creían tanto en la belleza física, como en la belleza de las palabras... Y por último, y casi como una especie rara, los que eran amigos de toda la vida, simplemente amigos, o los conocidos de trabajo o de estudios, que se intercambiaban las direcciones para recuperar esa amistad olvidada, profundizar una relación incipiente o, sencillamente, para no perder el contacto.

Al final, va a ser este modelo el que triunfe. Y así, los que no están salidos ni desesperados; los que no son suicidas, pseudoautistas o románticos; han ido incorporando el messenger a sus vidas como la forma más eficaz y directa de comunicarse, para decirse las cosas que antes se decían a la cara, ahora con la excusa insalvable de la distancia, cuando ésta supera los dos kilómetros.

Pero también el messenger ha evolucionado, y la capacidad de intercambiar archivos de audio, video o imagen; o la posibilidad de establecer videollamadas o instalar una cámara web; sólo está consiguiendo que se nos inflamen las pistoleras de estar tanto tiempo sentados ante la pantalla.

Capítulo aparte merecen los nuevos modelos de prensa escrita, que no son tan distintos a los tradicionales, más que en su soporte; o lo que se ha venido en llamar "periodismo ciudadano", aquel que llevan a cabo, con pasión y casi con fervor, millones de blogueros en todo el mundo, que andan deseosos de ser leídos -y en este capítulo me incluyo.

Pero lo que confirma, como síntoma preocupante, que nuestra sociedad está enferma de informática, son los pequeños detalles. Hoy he leído en el sobrenombre, que uno de mis contactos utiliza en el messenger, una frase al más puro estilo de las que se solían escribir en los post-it, para luego dejar pegadas a la puerta de la nevera, como mensaje en diferido para un amante poco madrugador: "Cariño, me he llevado las llaves del coche. Tienes los restos del pollo en la nevera, no tienes más que meterlo en el microondas. Esta noche nos vemos. Besos". Y es que si se confirma que el ordenador ha sustituido al tradicional post-it, ya podemos decir que su uso no es que esté normalizado, es que se ha convertido en una adicción malsana y peligrosa.

6.3.06

Amores de Mar

Hay amores que son como el océano, que van y vienen con las mareas; que dependen de las fases de la luna; que se enroscan, a veces, en resguardos de la costa; y otras, la deshacen con violencia, para regresar a la pureza hecha de una línea de agua, sobre una línea de tierra.

Hay amores engañosos, que se ocultan en balsas pacíficas y mueren con las últimas luces del verano. Pero como el mar, no por ocultarse dejan de existir. Y su intensidad y potencia -latentes, perdidas, olvidadas- se desatan de nuevo con el primer viento del Norte.

Hay amores infinitos, como el horizonte azul, que duran una vida y más.

Y hay amores que, como el mar inmenso, devuelven a los corazones la fe en aquello que la razón no puede creer. Hay amores que, como el mar inmenso, infunden un pánico inexplicable. Hay amores que, como el mar inmenso, están tan próximos al absoluto, que hacen daño.

Y todo esto no pretendía ser más que una introducción para hablar de la, en ocasiones banal, Brokeback Mountain. Se quedó sin Oscar a la Mejor Película, en mi opinión merecidamente. Buen trabajo de los actores. Paisajes inalcanzables, por su capacidad de desbordar la pasión. Paisajes conmovedores. Un ritmo adecuado. Una historia que, inteligentemente, no pone el énfasis en los prejuicios de la sociedad en que viven los amantes, sino en el prejuicio de los propios amantes que, asociado al vértigo, al pánico del mar inmenso, les bloquea hasta impedir para siempre lo que habría podido ser una existencia plena y feliz. Pero ellos, cobardes, decidieron quedarse con el vaivén del mar.

5.3.06

Campeones y Camaleones

Cuando tenía alrededor de 11 años, mi padre decidió que era el momento de aprender a escribir a máquina: debía estar preparada para el futuro - un halagüeño futuro, quizá de secretaria o administrativa, con sus deseadas 300 pulaciones al minuto. Así que, siguiendo sus pautas, cambié las teclas del piano de mi hermano, capaz de hacer sonar la música aunque yo no supiera solfear, por hacer pelear mis lánguidos y huesudos deditos contra esas agarrotadas piezas de la olivetti. Así, fui haciendo filas y filas de letras, sin llegar a sentirme nunca capaz de dominar por completo la configuración del teclado qwerty.

Pasó un tiempo, que mi memoria identifica con un par de meses, pero dada la sensación de aburrimiento que me provocaba tal práctica, podían no ser más de dos o tres semanas, y entonces alguien bajó del altillo la olvidada máquina de escribir electrónica. Teclas mucho más ligeras y un corrector propio, que nos evitaba la engorrosa tarea de aplicar aquel socorrido pegote de tipex, a golpe de pincel. Con mi habitual espíritu de lucha y superación y demás, dejé la máquina de escribir aparcada en un rincón al cabo de pocos días.

El ordenador llegó cuando tenía 12 años. Aquel fue un año de cambios: descubrir aquel sistema de ventanas sólo fue uno de ellos. También hubo que renunciar para siempre a mis amados vinilos -en realidad los discos de Mattbianco, Swing Out Sister y la BSO de Dirty Dancing eran propiedad de mi hermano- para adaptarse a aquella pequeña revolución, plateada por una de sus caras; hermosa por sí misma, como una mampara de baño, aunque no tenga hidromasaje. Compramos un amplificador nuevo, que instalamos en nuestro viejo equipo de música de los 70 -con estética setentera incluida- y un reproductor de Cds, que entonces se conocían por su nombre completo, Compact Disc, con las consabidas risotadas de los angloparlantes ante nuestra histórica incapacidad pronunciativa, típicamente hispánica.

Aquel año tuve que aprender muchas cosas. Con el PC me hice pronto: el buscaminas y el solitario de Windows estuvieron dominados casi de inmediato; el Paint llegó a convertirse en uno de mis pasatiempos favoritos, a pesar de la dificultad para crear y mezclar colores -muy al contrario de lo que sucedía ante el lienzo; y la videoconsola, absurdo premio en un concurso de dibujo, fue a parar, tras dos fallidos intentos de uso, al armario de los trastos. Algo similar le ocurrió a mis patines en línea. Los de siempre, con cuatro ruedas, dos a dos, nunca fueron del todo olvidados.

Aquel año fue el año de la Expo, un acontecimiento que llegó a convencerme de que mi ciudad valía la pena -ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba.

Aquel año cambiaron muchas cosas: aprendí a escribir a máquina, aprendí a usar el procesador de textos y dejé de patinar para siempre. Pero había empezado a escribir mucho antes, sin más ayuda que el papel y el lápiz, y no con la intención de ser secretaria.

Hoy, leyendo un artículo en EPS sobre luchas generacionales, me he dado cuenta de que el grupo humano menos definido es precisamente aquel en que me corresponde estar. Me he dado cuenta de que los que vivimos nuestra adolescencia en la primera mitad de los 90 fuimos los últimos antes de la Logse; los últimos en disfrutar de Espinete y sus amigos, antes de que llegaran nuevos canales de televisión con Mamachichos incluidas -ninguna infancia puede ser normal con esas imágenes por delante. Ninguna generación, de las que siguió a la nuestra, pudo disfrutar de una infancia donde, con una proporción tan abrumadora, contábamos con madres-amas de casa, siempre al pie del cañón.

Me he dado cuenta de que mi generación, a pesar de que ahora debería vivir su momento, es la que menos ruido hace: pasamos de puntillas entre carcas y niñatos, intentando encontrar nuestro sitio sin decidirnos a salir del confortable hogar de papá. Mi generación no es la generación del cambio; no es revolucionaria ni apasionada. Las ganas de suicidarnos se nos pasaron tras la muerte de Kurt Cobain. Y somos demasiado realistas -pragmáticos, escépticos, desilusionados- como para tener intención de cambiar el mundo.

Me he dado cuenta, en definitiva, de que mi generación no es más que la generación de la adaptación, tras revisar todas las cosas que cambiaron tan deprisa en tan pocos años y cómo casi sin querer me fui haciendo a todas ellas. Y pase lo que pase, siempre seremos como camaleones, capaces de encontrar una postura cómoda para nuestra magullada espalda, recostados sobre el maletero hirviente de un viejo Seat, en un tórrido verano a más de 40º y bajo un sol cargado de sal.

18.2.06

Paridad e Igualdad

Hace poco leí en un escrito -más vale no citar fuentes vergonzosas, muy alejadas de la capacidad creativa de sus autores- una alusión a "las mujeres y hombres de Sevilla". Como amante de las letras, y fiel seguidora de la secta creada en 1713 por la Real Academia Española -que aunque no lo lleve escrito en sus apellidos, lo es de nuestra lengua-, la expresión resultó de lo más chirriante para mís oídos. Es lo que tiene la literatura: esa capacidad de sugerir emociones, sentimientos, recuerdos, aromas, y hasta sonidos de lo más desagradable.

Podría decir que, a pesar de lo fea que me resultó la frase antedicha, por inhabitual, tiene sus ventajas al suponer un avance en la conquista de la paridad. Pero, ¿quién ha puesto de moda ese término ridículo -esperemos que no haya sido la RAE-, con la obvia intención de enmascarar esa otra conquista pendiente, la de la igualdad?

Si como amante de las letras, la expresión "mujeres y hombres" me resulta desagradable; como mujer, considero que no aporta nada, o al menos nada positivo, a ese campo de batalla, todavía cubierto de cadáveres, cuerpos desmembrados y miembros sangrantes, que en nuestro país es el asunto de la igualdad entre mujeres y hombres.

Ese tipo de intentos de equiparar lingüísticamente el género masculino al femenino, cuando es bien sabido que la prioridad del primero se debe, estrictamente, a su capacidad -sólo lingüística, ojo- para contener al género neutro, sólo sirve para espolear a las feministas radicales -esas que piensan que ir a la peluquería es sinónimo de vejación y humillación-, para calmar las conciencias de la clase política -los de la peor clase- y para propiciar la sublevación de los hombres. Esos hombres, que ya no sólo se quejan por un justo recorte de sus derechos, durante siglos exagerados frente a los de las mujeres, sino que lloriquean con razón ante la oscilación del descomunal péndulo que ahora se les viene encima y que tiende a presentarlos como seres a la altura de chimpancés sin gracia, en series de televisión como Los Serrano o Siete Vidas.

¡Con lo fácil que habría sido escribir, simplemente, "las personas de Sevilla"!

Firmado, una mujer.

9.2.06

Lo que son las cosas...










ESTO NO ES UNA CAMA, ES UN CONTENEDOR DE SUEÑOS.








ESTO NO ES UNA PLUMA, ES LA NOSTALGIA DE VOLAR.




ESTA NO SOY YO, ES UNA SONRISA RIDÍCULA QUE TRATA DE OCULTAR LA ANGUSTIA DE UN VACÍO ESPIRITUAL.

24.1.06

Caos

El Caos es el principio de toda Creatividad.

3.1.06

Frío Calabrés

Reggio Calabria, un glacial 18 de Diciembre de 2005.

He oído a un bielorruso ahogándose en su tos bronquítica decir que, a pesar de la fiebre, prefiere seguir asistiendo a las clases de la Universidad, donde ninguno de los estudiantes osa despojarse de sus abrigos, porque en su casa hace mucho más frío. He oído a una polaca quejarse de este clima calabrés porque en su país puede pasearse por casa en manga corta mientras ve caer la nieve tras los cristales; y sin embargo aquí debe llevar al menos tres o cuatro mangas superpuestas, para no morir congelada, mientras lo único que las ventanas le permiten contemplar es este tiempo de perros y tormenta, que moja con violencia y mal gusto. He oído a una alemana decir que el principal motivo por el que desea volver a su país no es la incultura o la mala educación de los regginos -y si así fuera, podría entenderla-, ni siquiera la inactividad estancada en el tiempo de esta ciudad vieja, sino el frío: sueña con el retorno a un hogar cálido. Y he visto a un ucraniano con jersey de cuello alto tiritar casi convulsionándose en el aire congelado de una tarde de noviembre en Reggio Calabria.

¿Quién dijo que en Italia no hace frío? ¿Quién dijo que en el sur de Italia no hace frío? Paso los fines de semana sin salir de la cama, porque es el único lugar de la casa que puedo mantener a una temperatura constante y medianamente aceptable. No lavo mi ropa porque soy consciente de que, en los cuatro días que me quedan en esta ciudad no se secará. A pesar de mi bien conocida aversión hacia el deporte, paso las tardes saltando y corriendo por la cocina, para entrar en calor. Duermo con cuatro mantas y dos pijamas, uno encima del otro, y aún así, sigo sin sentir mis pies. La sangre dejó de circular hace tiempo. Las ventanas de las antiguas, situadas estratégicamente una frente a otra en mi habitación, generan remolinos de aire helado en mi cama, que está justo en medio. Y es imposible enchufar las estufas porque provocan una sobrecarga en la casa y nos quedamos sin luz.

¿Quién dijo que en Italia no hace frío? No sé quién lo diría, pero quién lo escuchó, lo creyó sin atreverse a ponerlo en duda. Y la leyenda ha llegado a la actualidad. Y así, países tradicionalmente fríos, del Norte, Centro y Este de Europa, están mucho mejor preparados, equipados, para sufrir los rigores invernales que nosotros, europeos del Sur -y en esto incluyo a España.

Todos los años cae una gran nevada y todos los años nos admiramos, como si el verano, sólo por ser más largo y más caluroso que en otros países, fuera nuestra única estación. Y sin embargo, el invierno, y la evidencia de nuestra incapacidad para soportarlo, llega año tras año a nuestros países. El invierno ha llegado a Italia.

Milán es una nube. Venecia, un pantano. Roma, una cloaca. Y Reggio Calabria, un charco.

2.1.06

Las Reliquias y Los Talentos

En algún lugar del norte de Italia, el 29 de Septiembre de 2005.

Es más que evidente que las reliquias generan opiniones enfrentadas. Hasta los más fervientes católicos se atreven a dudar de la autenticidad de algunas de ellas. Desde mi punto de vista, la polémica no debería centrarse en su autenticidad, sino en su valor.

En todas las ciudades italianas que he visitado hasta el momento se conservan importantes reliquias. La mayoría son fragmentos de huesos de santos. Algunos templos, o incluso galerías privadas, como la Doria Pamphilj, conservan cuerpos íntegros, revestidos de telas bordadas de oro y plata, de santos coronados que sujetan hojas de palma, santos mártires. Hay otros ejemplos más curiosos, por salirse de lo escabroso y entrar en lo anecdótico o circunstancial, como las cadenas de San Pedro, que pude ver en San Pietro in Vincoli.

Pensando en el valor que para un cristiano convencido pueden tener este tipo de vestigios, se me ha venido a la mente la parábola de los talentos, aquella en que un noble entregaba una serie de talentos a sus siervos. La moraleja venía a decir que lo que hay que hacer con los "regalos de Dios" no es conservarlos bajo tierra como un tesoro escondido, sino darles un uso. Merece la pena arriesgarse, poner en peligro esos regalos, porque con esa actitud se les está reconociendo su valor.

Aplicando el mensaje de esta parábola al caso de las reliquias, podríamos decir que esos "talentos" o "regalos" que Dios entregó a sus discípulos fueron los santos, mártires o no, cuyo valor reside en el ejemplo que con su actitud piadosa pudieron dar a todos aquellos que desean llegar a ser buenos cristianos. Quizá en un primer momento fue así.

El caso es que, años más tarde, quizá siglos, intuyo que con los inicios del catolicismo, la línea del buen uso de los talentos se torció. En los santos dejó de buscarse un espejo en que mirarse; dejaron de ser un medio para reconocer y seguir el camino de una buena conducta, para convertirse en un fin, en un objeto de veneración en sí mismos.

Y con la locura que desata la idolatría, la veneración fue más allá de las almas de los santos, y se detuvo en sus cuerpos, fragmentos de cuerpos corruptos o no, manipulados, deshilachados, congelados en el tiempo de urnas de oro y cristal. Quedaron para siempre los talentos, las historias personales de fe y caridad, enterradas bajo tierra, mientras se elevaban fastuosas moles de piedra, destinadas a albergar las reliquias de los santos.