28.3.07

Cara y Cruz del Barroco

Una obra única, sí...
Las Tres Gracias. Rubens. Museo del Prado. Madrid.
...pero con reverso.

Abrazo de Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena y Santa Clara. Convento de San José. Madres Carmelitas Descalzas. Medina de Rioseco.

19.3.07

Razones para estudiar idiomas

Hoy 19 de Marzo es la gran noche de las Fallas, es el momento de la Cremà, del borrón y cuenta nueva primaveral. Y en días como hoy no puedo dejar de recordar mis años de mocedad en Valencia. Por aquel entonces, Sevilla para mí era la ciudad que figuraba en mi partida de nacimiento y un lugar que apenas conocía, bosquejado sólo por los retazos llenos de añoranza que me traía mi madre en forma de coplas y de macetas en el balcón; ese lejano rincón de España al que acudía en Semana Santa para conmoverme ante el pan de oro de las canastillas neobarrocas y las bandas de cornetas y tambores. Sevilla podía ser sólo eso, pero significaba mucho más. Era mi Arcadia particular, el Edén del que fui expulsada sin tiempo de explorarlo en profundidad. Y mi morriña irracional alcanzaba cotas inexplicables, como mi testaruda negativa a vivir en Valencia y a asumir que vivía en Valencia.

Me asomaba a las Fallas con cierta repulsión y fingida indiferencia, que se tornaba iracundo desprecio cuando la parafernalia que rodea a la fiesta me atacaba directamente: esos niños tirándome petardos, esas multitudes incordiando, esas bandas de musica despertándome a las siete de la mañana durante la semana que no tenía que ir al colegio y que, supuestamente, tenía libertad para dormir hasta las tantas. Y, cómo no, esos peinados incomodísimos, de roetes tirantes y peineta clavada. ¡Cómo dolía! Esa chocolatada, que recibía arrugando la nariz ante los grumos y la gruesa piel de nata. Ese cantar un himno que no era mío, de la mano de niños que no eran mis amigos.

No, yo no era valenciana. Y hacía alarde de no serlo. Una de mis pataletas más duradera, porque duraba todo el año académico, se refería a la lengua: me negaba a estudiar valenciano porque no era mi lengua. Así que, durante todo el curso, renunciaba a hacer los deberes y trabajos diversos que se nos encomendaban, máxime si la cosa trataba de escribir una redacción sobre Jaime I -allí "Jaume I, el Conqueridor"-. Sabía que no tenía dificultad en aprender, sólo fingía que no quería hacerlo. Aprobar los exámenes no era ningún problema pero, a pesar de tener buenas notas al final, mi profesora decidió -con buen criterio, pienso ahora- suspenderme por este evidente problema de actitud.

La condición que me impuso para aprobarme consistía en realizar todas las tareas que tenía pendientes, todas las que había ido dejando atrás a lo largo del curso. No tardé más de dos semanas: aprobado asegurado, y el resto del verano para mí, sin manchas en mi expendiente. Pero sólo lo hice por eso, por no dejar manchas, por lavar más limpio y con serias dificultades para tragarme mi orgullo.

Ahora bien, si la profesora hubiera sido además una buena educadora, se habría preocupado además de hacerme entrar en razón, me habría convencido con argumentos para estudiar valenciano, que los hay. Me habría hecho entender que estudiar una lengua que no es la mía no sólo no es malo, sino que puede ser una herramienta muy útil para ayudarme a comprender mi propia lengua, si de ombliguismo se trata, dada la interconexión de las lenguas romances. Me habría hecho entender que estudiar la lengua del lugar donde vivo es un ejercicio de respeto hacia la cultura de ese lugar, un generoso intento por integrarme, del que me habría podido beneficiar con algo menos de aislamiento en mi absurda infancia. Me habría hecho entender que estudiar una lengua que no es la mía sirve, básicamente, para entender a quienes la hablan. Y no querer entender no sólo es un acto de soberbia, sino que fue la actitud más prepotente, rozando lo ridículo, que pude asumir.

Terminé hablando el valenciano bastante bien, casi como si fuera de la tierra. Pero, por falta de uso, hoy por hoy lo tengo bastante olvidado.

17.3.07

Influencias Musicales

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"CITY OF DELUSION"

BY

13.3.07

Las Campañas de la DGT

Hay que concienciar a la población, eso es más que evidente. Hay que convencer a los conductores para que circulen a una velocidad adecuada, que ir deprisa es un goloso atractivo para muchos inconscientes. Hay que convencer a los motoristas para que usen el casco ya que, aunque no llevarlo resulte mucho más cómodo y menos antiestético, lo que sí que debe ser feo es una cabeza abierta como un melón. Hay que convencer a todos los usuarios de la necesidad de ponerse el cinturón, que es ir atrapado, pero es una cárcel con buenas intenciones.

Sí, es necesario una estrategia directa, pero efectiva, para hacer mella en todos los insensatos que circulan por nuestras vías. La DGT se puede permitir los lujos que quiera: desde un carísimo spot de televisión con despligue de medios técnicos; hasta un sencillo pero impactante mensaje negro sobre blanco capaz de remover estómagos. Puede escandalizar con escenas violentas y fotografías que ni el CSI cuando se pone macabro. Pero lo que no puede hacer es distraer a los conductores en pleno trayecto.

Desde la encarnizada lucha para eliminar las vallas publicitarias de nuestras carreteras, con indulto incluido para el toro de Osborne, estaba convencida de que la DGT tenía auténtico interés en mantener a los conductores con la mirada y el pensamiento fijos en la carretera. Pero primero empezaron a jugar al escondite, con los coches camuflados y los flashes que deslumbraban como un "te pillé" descarado. Después, siguieron la juerga con los radares, de manera que, a quien le guste correr, ahora tiene otro entretenimiento en pleno viaje. Un juego llamado "adivina donde está el radar", versión moderna del "frío-frío, caliente-caliente". Y si te pillan, te quemas.

Y por fin, los carteles luminosos. La DGT se ha topado con gente muy profesional para su última campaña de marketing. Tan en serio se la han tomado, que la han planteado de un modo integral, afectando no sólo a los medios tradicionales, sino también a la señalización en carretera. Empezaron con los mensajes de fin de semana, con frases del tipo "56 muertos el mismo fin de semana en 2006" o "buen viaje, pero sin correr". Mensajes que, aisladamente, se entienden y puede que incluso alguno los agradezca. A mi, cuando a las cuatro y media de la tarde del viernes, me los encontraba de camino al trabajo, me fastidiaban bastante, porque lo único que me hacían pensar es que iban dirigidos a todos esos compañeros de carretera que ya habían terminado su jornada laboral y podían irse de viaje.

La última es, como he dicho, una campaña de marketing integral. Esto significa que no es posible comprender los mensajes aisladamente, sino dentro de un contexto creado por dicha campaña. Es decir, es necesario haber visto los spots de televisión o al menos haber leído los anuncios en prensa escrita, para poder descifrar las palabras que aparecen en los carteles luminosos.

La primera sorpresa, a bordo de mi Kalos por la SE-30, me la dio una frase que decía: "Elige tu razón y úsalo". Como las palabras así, sueltas, no tenían ningún sentido para mí, tuve que leerlas varias veces, lo que hubiera podido provocar una situación de riesgo si me hubiera despistado del todo, concentrada en la lectura. Al cabo de un rato, cuando ya estaba a punto de decidir que aquello no tenía ningún sentido para mí, me acordé del dibujito que aparecía junto al mensaje: una especie de muñequito con el cinturón puesto. Pero claro, esto es echarle imaginación, porque el muñequito lo mismo podía ser un canguro, con un cangurito colgando. Eso me hizo recordar el spot y, al fin, pude comprender el sentido del mensaje-anuncio. Mientras lo descifraba, debieron pasar dos o tres minutos durante los cuales mi concentración sobre el acto de conducir debía estar bajo mínimos.

Hoy ha aparecido uno nuevo: "A 150 no se salva nadie". Este no me pilló de sorpresa, así que fue muchísimo más fácil de entender y no tuve que dedicarle tanto tiempo. Aún así, también tuve que apoyarme en el spot que había visto hacía sólo unas horas.

Ahora la pregunta es, ¿realmente resulta útil una señal luminosa que hace perder la concentración a los conductores? ¿No debe utilizarse este medio con más cabeza y más sentido práctico y dejar las campañas para otros medios, convencionales o no? Es decir, podemos empapelar el Parque de María Luisa con mensajes de concienciación, que tarde o temprano, seguramente un domingo soleado, nos los encontraremos, pero leerlos y descifrarlos no supondrán ningún peligro.

Añoro los días en que las señales luminosas sólo avisaban de incidentes que podían afectar a la conducción, como el peligro de alcances a causa de la lluvia o la presencia de un coche parado en el arcén.

La foto del toro de Osborne es cortesía de Carlos.

5.3.07

Los Halcones de San Ildefonso

Me rendí. Finalmente, he tenido que darme por vencida. Anoche, cuando tumbada en la cama, empecé a hojear La Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, sabía que estaba renunciando para siempre a ese esfuerzo autoimpuesto de terminar todos y cada uno de los libros que caen en mis manos, aunque no los disfrute. Pero, y siguiendo con el hilo del post anterior, ¿de qué sirve una afición, cuando se convierte en una obligación inasumible?

La culpa la ha tenido La Catedral del Mar, peñazo infumable que no hay por donde coger. ¿A quién se le ocurrió publicar este libro? Estoy por encadenarme a la puerta de la editorial y ponerme en huelga de hambre o algo así. El pobre Ildefonso Falcones, abogado barcelonés al que se le ven las ganas de ilustrarnos a todos con su sabiduría y su profundo conocimiento de las leyes medievales, no tiene la culpa. El tío no sabe escribir, ¿y qué? Pues que le cierren las puertas de la editorial.

No es ya por el lenguaje ramplón, el vocabulario de primero de la ESO, o la narrativa absolutamente plana y desprovista de toda emoción. No es sólo por la paja mental de Ildefonso, que cada vez que puede nos explica, cual profesor vocacional sin posibilidad de ejercer, las leyes de la época. Tampoco por la incoherencia del texto, que en la página 40, relata la obsesión del protagonista -o por lo que imagino, del padre del protagonista- por conseguir la Carta de Ciudadanía, para librarse de la servidumbre de la tierra y ser un ciudadano libre en Barcelona; mientras en la 80, muestra la sorpresa del mismo personaje al enterarse de que existía un documento llamado "Carta de Ciudadanía". Esa fue mi última página, mi último intento. "Hasta aquí ha podido mi paciencia, no leo una palabra más".

¡Qué va! Si ya lo digo, que Ildefonso no tiene la culpa. Lo que me pregunto es, ¿no hay lectores profesionales encargados de evitar despropósitos como éste? ¿No hay editores capaces de decir "Anda, Ildefonso, dedícate a la abogacía y déjanos en paz"? Que haya mamarrachos por ahí que se creen escritores y con posibilidades de publicar me conduce a un éxtasis borracho de elitismo que siempre he denostado, pero que cada día me parece más necesario. ¡Viva Prada! Hay que ponerle puertas al campo, o sea, al arte. Es decir, al Arte, que no todo es lo mismo.

Todo esto se habría solucionado sólo con ofrecerle el texto a un redactor profesional, para que trabajara en él durante un mes, sólo un mes, y le diera "una vueltecita", como me dicen algunos a mí. No tiene gran dificultad y me habría librado de este sentimiento de desesperación, no ya porque se haya publicado este libro, sino porque no hago más que preguntarme cómo es posible que haya vendido tanto. ¿Quién fue el primero en recomendar esto?

Ahora no me queda más remedio que agachar la cabeza de nuevo ante el incombustible Reverte. Que El Caballero del Jubón Amarillo me pareciera una obrita menor, frente a la intensa El Sol de Breda, la mejor de la saga por el momento, no significa que el autor esté de capa caída. A pesar del tono folletinesco, que puede llegar a incordiar lo suyo, debo reconocer cuando alguien es capaz de asumir el lenguaje de una época y traerlo a la actualidad con absoluta maestría y grandes dosis de frescura.

Igualito que Ildefonso Falcones. Y por cierto, si yo tuviera ese nombre, no dudaría en titular mi primera novela "Los Halcones de San Ildefonso". ¿Que por qué? Pues porque sí, porque es sonoro. Recursos literarios para justificar ese título, los hay a patadas.

Debo matizar, para quienes creen que quien teclea esto lo hace movida por el prejuicio a los best-sellers o la novela histórica, que procuro leerlo todo con los ojos, y el pensamiento, bien abiertos. Que me pasé las nosecuántas páginas de Los Pilares de la Tierra, aburridísima novela a la que debe mucho la protagonista de esta entrada, esperando a que llegara esa tan cacareada emoción sin límites que describían quienes me la recomendaron. Que devoré con ansia El Código Da Vinci, llegando a considerarla un entretenidísimo ejercicio de ficción narrativa, muy por encima de las especulaciones polémicas de carácter religioso, que no son más que una mera excusa. Que creo que la culpa de todo la tiene El Nombre de la Rosa, título que venero y que es capaz de demostrar que lo comercial no está reñido con la calidad. Y sobre todo, que lo que más me entristece, es que los buenos escritores, tengan que agarrarse a la red. Estoy deseando que publiquen lo suyo. Mientras tanto, me seguiré dejando los ojos pegados a la pantalla.

9.2.07

Nueva temporada de cine

Por lo poco que recuerdo haber estudiado en el colegio respecto a Rousseau, que podría resumirse en lo que viene a explicar este link, su presencia, su recuerdo, o la nostalgia de que no se le haya tomado nunca en serio, parece haberse extendido al cine que abre esta nueva temporada de 2007. Mis filósofos blogueros favoritos están llamados a corregirme si yerro, pero creo recordar que el gabacho este, que por cierto, resulta que era suizo, era el que decía aquello de "tor mundo é güeno", así al natural.

Mi primera película del año fue el fulgurante estallido de sensabilidad, que no ñoñería, y sensaciones diversas y fluctuantes, preparado como un postre de los de chuparse los dedos, por la hijísima, la Coppolina. Y lo del postre le viene muy al pelo, ya que de ellos había a montón en toda la cinta: dulces llenando la pantalla a base de ritmos ochenteros y neo-ochenteros, fresas con nata y rosa y blanco como colores principales de la casita de la Barbie en que parecía haberse convertido Versalles. ¡I want candy! ¡Plas, plas!

Pija casi por imposición, María Antonieta, dando nombre a la película, se hacía también con todos los planos que podía, encarnada sin mesura pero con encanto por la eterna vampirita Kirsten Dunst. Quienes echan en falta el documental de la BBC en esta coqueta obra de arte, han debido tener dificultades para captar las sutilezas, y los cañonazos, con los que se da a entender que esto no es una película sobre la Revolución Francesa, sino sobre una persona-personaje a quien sitúan como protagonista de una historia que le pillaba muy de lejos. Asistimos a un muestrario de percepciones, sin mayor intención didáctica que poner ante los ojos un punto de vista que nada tiene que ver con la lección de Historia: el punto de vista del que, desde fuera de la realidad, se ve abocado a tomar decisiones sobre ella.

Aquí el amigo Rousseau sale de extra, leído en una de las pseudotertulias de la reina con sus amigas. No está mal el rollo intelectualoide de la protagonista. Quizá tuviera inquietudes en este sentido, pero ninguna capacidad para ponerlas en práctica, por lo que se ve, al menos en lo que se refiere a medidas sociales porque la sociedad no existía en la película, y por ende, en su vida.

Eso sí, hartita como debía estar de llevar esos vestidos tan incomodísimos, y esos peinados que seguramente costaría mucho desenredar, María Antonieta se decidió a buscar una pureza física, anímica y emocional, similar a su idea de lo que debía ser el hombre rousseaoniano, en su Petit Trianon. En estas secuencias, vemos como se reconstruye un modo de vida bucólico de la reina con sus hijos, con sus amigos, con las gallinas, con la ovejita de norit... En fin, un nuevo paseo entre algodones para caer en lo que todos sabíamos, pero nadie verá al final. Una muerte que le ha tocado en suerte, como la vida, que también fue obra de la lotería.

Donde si entra en juego con rotundidad el mito del buen salvaje es en Apocalypto. Desconfiaba por venir anunciada de la mano de Turismo de México. Pero como narración audiovisual no está mal, con mucho ritmo, intensidad, tensión, emoción... Una pasada para los amantes del cine de acción que no necesita caer en los tópicos de las explosiones, fuegos artificiales y trucos de magia.

Eso sí, a Mel, se le ve el plumero. Aquí viene a decir que éramos todos felices hasta que llegó la civilización. En la mítica aldea maya del protagonista, todo es tan bucólico como en el Petit Trianon de la reina sin cabeza. Hay amor, cariño fraterno, respeto por los mayores, sabiduría antigua heredada de generación en generación... Pero resulta que vienen los malos, los de la capital, a conquistarles. Sin mediar palabra, lo arrasan todo y se los llevan como esclavos. Y claro, llegar a la ciudad es ver la decadencia, la corrupción. Cosas de las estructuras sociales y económicas, supongo. A partir de ahí, todo es escapar para el protagonista, Garra de Jaguar, que, como buen héroe de acción, no muere ni enterrándolo en cal viva.

Al final se libra de todos los malos, que daban auténtico miedo -¡qué bueno es ver actores desconocidos trabajando tan bien!-, y rescata a la chica. Como buen héroe de acción.

Lo curioso es que todo había empezado con un mal presagio. Claro, viendo la cinta, es lógico pensar que el mal presagio era la cercanía de esa civilización a punto de destruir de un torpe manotazo sus tranquilas vidas. Pero los malos mueren, el héroe escapa y el mal presagio continúa. Entonces, el espectador podrá ver aparecer en el horizonte las naves españolas y descubrirá el mensaje final de la película: ¡los malos somos nosotros! Los malos, somos todos. ¡Si es que no se puede vivir en sociedad!

1.2.07

Concienciados con el Reciclado

Por favor, no arrojen basura desde el Universo.
Ejemplo de basura arrojada desde la propia Tierra.


Ejemplo de basura arrojada desde el Espacio Exterior.


23.1.07

El inasible silencio

Hay veces en que es preferible callar y escuchar. Hay veces en que uno está cansado de escucharse hablar, tanto que ya no se oye más que con una voz apagada y gris, redundante y machacona, que suena como sintonía de fondo, como hilo musical de ascensor.

El problema es que a veces los silencios buscados no llevan más que a un vacío imprevisto, donde lo único que suena no son las esperadas voces de los demás; esas voces conocidas, amantes y amadas, que nos sacarán de la modorra espiritual, de nuestras vacaciones de continente y contenido léxico-gráfico. A veces, sin saber a dónde acercar la oreja, llegan a nuestros oídos palabras que nunca deberían haber llegado, bien incovenientes, bien innecesarias y, la mayor parte de las veces, inútiles y vanas.

Y muchas de esas palabras me hacen chirriar los oídos tanto que no puedo callármelo más y empiezo a escribir sobre por qué no me gustan los silencios que no permiten escuchar el silencio sino voces ineresperadas.

Encuentro la monodia imparable de una voz mandona, pero sostenida, que no sé como acallar, porque no basta con asentir, llevar la corriente o dar la razón, negando externamente la propia conciencia, los propios argumentos.

Encuentro publicidad barata. "Apocalypto, la última película de Mel Gibson. Con la colaboración de Turismo de México y Viajes Iberia." ¡Qué descaro! Cómo para alabar a los publicistas ahora...

Encuentro canciones de una emisora de radio que no busco y que no sólo carecen de su pretendida poesía, sino del más mínimo conocimiento de la gramática. "Es probable que lo merezco...". ¿Dónde se ha dejado esta chica el subjuntivo? ¿Es que en México no se utiliza?

Quizá por eso, los silencios infinitos, las medias voces, el griterío popular que atraviesa los muros de palacio y los ritmos trepidantes del pop y del rock, ensamblados en la última película de la Coppolina, María Antonieta, me gustaron tanto.

La crítica, para otro día.

16.1.07

Darse de Baja

Más de una vez he pensado en darme de baja del servicio de vida que tengo contratado hace 27 años; pero la empresa que me lo suministra no ha dejado de ponerme problemas en cada ocasión que he intentado hacer efectiva esa baja. Muchas veces me he puesto en huelga de vida, he dejado de usar el servicio, con la esperanza de que me dieran de baja automáticamente, pero no ha sido así.

Siempre respondía la típica señorita de Atención al Cliente, muy imbuida de conocimientos de marketing directo: "¿Pero cuál es el problema? ¿Ha consultado las ofertas que tiene disponibles? Quizá sea posible cambiar las condiciones de su contrato para hacerlo más favorable a sus necesidades." Ante mi negativa, mi postura inamovible, sin razones ni explicaciones, llegaban las amenazas: "Es posible que al dar de baja su servicio de vida, el resto de usuarios de su vivienda se vean afectados, ¿quiere continuar con el procedimiento de desconexión de cualquier manera?". Ahí la señorita de atención al cliente ya veía un resquicio de duda, pero no dudaba en pasarme con el Servicio Técnico para llevar a cabo la desconexión.

El Servicio Técnico de Suministro de vida, como todos los de su especie, utiliza un vocabulario único, que sólo sus trabajadores conocen. Las formalidades y formalismos, técnicos y tecnocráticos, de la burocracia tecnológica me dieron siempre quebraderos de cabeza. Me proponían elegir entre diversas formas de desconexión, pero, tal como me las ofrecían, ninguna resultaba del todo satisfactoria.

Un día me presenté en su oficina, ingenua de mí, y me mostraron un catálogo con las opciones, a cuál más desagradable y sangrienta, a sabiendas de que aquello me desmoralizaría y frenaría mi aparente ímpetu destructivo. Siempre planeaba sobre mí la duda de cómo afectaría mi desconexión a la red local de mi vivienda. Y todo ello pudo con mis razones diluidas. ¿Por qué no continuar con el servicio? ¿Y por qué sí?

Al final, me venció la pereza. Sigo con el mismo contrato, aunque he conseguido beneficiarme de alguna oferta. El precio sigue siendo elevado, pero he aprendido a usar el mando a distancia, el control remoto y todos esos sistemas que parecía que no servían para nada y que desconocía casi por completo. En fin, he descubierto ciertas ventajas en este servicio, y como no conozco nada mejor, he decidido no darme de baja.

Y en esas estaba cuando, hace dos días, suena el teléfono. "Le llamaba del banco para ofrecerle un seguro de vida". Esta chica de atención al cliente no conoce mi historia y no sabe lo poco que vale eso que ella quiere comprar por un precio tan alto, con el fin de hacer negocio.

12.1.07

Luces y Sombras

Cuanto más leo sobre el siglo XVIII, cuantas más obras conozco de esta época, más convencida estoy. El periodo comprendido entre 1730 y 1770, así, a grosso modo, no es ese "Siglo de las Luces", entendido como el momento en que, oh milagro, aparece en el mundo la ciencia; una ciencia que, por cierto, abarcaba todo el conocimiento humano y que derivaría en todas las ciencias estudiadas hoy.

No, la ciencia siempre estuvo ahí. El mérito del siglo XVIII es darle un reducto, un patio de juegos donde se queda sin amiguitos, pero puede crecer sola.

La ciencia se ordena y reclama su espacio, desvinculándose del mundo, de la vida, del arte... Si en el XVII las obras de arte son un juguete para la razón, en el XVIII se vuelven vulgares y ya no levantan cabeza; se convierten en piezas cada vez más viscerales, encaminadas al placer directo de los sentidos y apartadas del camino en que los números y las leyendas daban forma a la pintura; en que la geometría y su simbolismo levantaban edificios.

Todo se ha acabado y está lleno de absurdas rocallas, de las que nunca se sabe si tienen forma de oreja o de caracola mutilada.

10.1.07

Una Crueldad

Puede que haya cierto tipo de solidaridad que actúa de buena fe, con convicciones; pero lo cierto es que la mayor parte de quienes, desde el primer mundo, dan de comer al hambriento y auxilian al enfermo del tercero, no hacen sino acallar con estos gestos un sentimiento de culpa por tener todo lo que otros desearían; llenar el vacío que deja el consumismo superficial; llenar un vacío espiritual.

Pero imaginemos que vivimos en un mundo ideal, donde todos tienen, no lo que quieren, sino lo que necesitan. Un mundo saciado de bienes materiales. ¿Cómo satisfaríamos entonces el hambre de ese estómago rugiente que es nuestro espíritu? Sin nadie a quien alimentar, sin nadie a quien ofrecer las sobras, ¿qué tendríamos para compartir? ¿Quién es más pobre ahora?

5.1.07

Montañas

Si la fe mueve montañas, el miedo las eleva y las hace menguar; las derrumba y las hace bailar; las erige y las convierte en polvo, en nada.

El miedo es el mejor bálsamo contra la crudeza de la verdad universal: es la demostración de que esa verdad no existe, el estímulo para crear verdades particulares en realidades paralelas.

3.1.07

Y comieron perdices...

Una pareja en un restaurante. Mientras ella se lleva el tenedor a la boca, comenta:

- Qué bien que al final todo saliera como queríamos.

- Sí, es casi increíble que, en el último momento, esa banda del este que quería extorsionar a mi padre le liberara, después de tantos días retenido y justo a tiempo para asistir a nuestra boda.

- Sí, pero, todo gracias a tu negociación. No esperaba que fueras a reaccionar tan bien... Ya sabes que yo habría querido que interviniera la policía directamente, pero fuiste tan cauteloso, tan hábil, que al final lo conseguiste tú solito.

- Bueno, no es para tanto... Ha habido un poco de suerte, nada más.

- No seas modesto. Has hecho mucho para llegar hasta aquí.

- Te refieres a lo del anillo, claro.

- ¡Madre mía! Recuperar la sortija de mi abuela, aquella que su segundo marido había empeñado antes de morir para pagar sus deudas de juego, sólo, sólo y exclusivamente, para pedir mi mano. ¡Cómo los antiguos!

- Será que soy un romántico...

- Eso sí.

- Pero tú sí que te lo has trabajado. Has conseguido que mi familia te acepte y ya sabes cómo son. Intratables. Ni yo mismo me atrevería a enfrentarme a sus prejuicios. Siempre he tendido a agachar la cabeza y seguirles la corriente, para evitar discusiones. Pero tú has conseguido ganártelos... Por tu corazón. Por cómo eres. Por eso te quiero.

- Y yo a tí.

Hay un silencio y ella dice:

- Qué ricas las perdices.

- Sí...

- ¿Qué hay de segundo?

24.12.06

Vaticano, Servicios Turísticos Integrales

En proporción a sus habitantes, el Vaticano debe ser el Estado con mayor afluencia turística del mundo. Diariamente, miles de personas hacen cola para visitar sus interminables museos: salas y salas donde conviven obras maestras de toda la Historia del Arte.

El acceso al museo, cualquier día de la semana, a cualquier hora, puede dilatarse entre una hora, para los más madrugadores; y tres o cuatro, para el resto. Las colas ordenadas, pero muy pobladas, suelen dar varias vueltas al recinto. Pero merece la pena plantarse allí a esperar y pagar doce euros, para ver las maravillas del arte universal, donde se integran piezas que no son siempre de carácter devocional, como el famosísimo Laocoonte, uno de sus principales reclamos.

El Vaticano es visita ineludible de la capital italiana: allí, es posible ver la Capilla Sixtina, así, de pasada, llevado en volandas por la multitud; y es también un lugar idóneo para el desarrollo de otros segmentos turísticos. De hecho, una fuente de ingresos nada desdeñable para el pequeño estado romano es sin duda la venta de material religioso: los rosarios y calendarios con la efigie del Papa tienen precios desorbitados y, aún así, se venden como rosquillas. Los peregrinos no le harán ascos a las imágenes religiosas, ni tampoco a los souvenirs oficiales del museo, con imprimación de las obras con las que acaban de deleitarse. Desde camisetas, a puzzles, pasando por tazas de café.

Pero además, en ciertas épocas del año, el Centro Turístico popularmente conocido como Vaticano, o Santa Sede, ofrece espectáculo. Desde el Vía Crucis que suele hacer el Papa cada Semana Santa, que cuenta con miles de espectadores todos los años; a fiestas tan entrañables como la de hoy.

Días antes, las autoridades se encargan de prepararlo todo. Es fundamental contar con un buen Belén en la Plaza de San Pedro, que suele ir acompañado por un árbol inmenso; para que quienes quieran acercarse a la Misa del Gallo, cuenten con el calor del hogar de ese Niño que ha nacido, ya que el invierno romano es tan frío como cualquier otro. La plaza se llena de sillas para los asistentes, como en tantos otros eventos. Y la multitud se agolpa a las puertas del templo más importante de la ciudad con la esperanza de entrar a formar parte de ese centro del mundo católico, que es la Iglesia de San Pedro.

Hace hoy un año exactamente, tuve la oportunidad de acercarme a ver lo que se cocía en el centro del mundo católico. Y debo reconocer que mi intención de asistir a la Misa del Gallo oficiada por Benedicto XVI no respondía a la llamarada de fe, que súbitamente había podido encenderse en mi pecho. Yo, como buena turista, iba a ver el espectáculo.

Después de una cena abundante, a base de sopa calentita, entre otros manjares, en una trattoría de la zona, que estaba a rebosar; mi padre y yo nos dirigimos a la plaza, con la sola intención de ver el ambiente. Debían ser las nueve de la noche y la cola rodeaba varias veces la columnata de Bernini. Nos situamos donde pudimos, con la picardía de quien está muy habituado a colarse en las casetas de feria. Pero allí no había ni coros de monjas cantando, ni gente del Opus uniformada, ni grupos de religiosos rezando, nada... Una estafa. Ni una pizca de emoción en la noche más importante del calendario cristiano, después del Domingo de Resurrección, claro está. Lo único que había en la Plaza de San Pedro era un montón de gente estirando el cuello para ver si podía entrar a la iglesia.

Con diversas tretas, de las que sólo se aprenden después de pasar muchos años accediendo sin invitación a las casetas más exclusivas de la Feria de Sevilla, y con una sola entrada regalada, mi padre y yo nos colamos en el templo. Y quizá tuvo algo de interés la misa cantada en latín, por la novedad; porque es algo que no había escuchado nunca. Y el sermón del Papa en italiano, que decía más o menos lo que ET, que hay que ser buenos; además de otras cosas más cercanas a ese tono de radicalillo que caracteriza a Ratzinger, como la necesidad de garantizar la defensa de la familia, que, al parecer, estaba en peligro y no nos hemos dado cuenta.

Pero en realidad nada de eso me interesaba. Yo sólo quería ver si, acercándome al núcleo de la vida cristiana, podía acercarme a todo lo bueno que tiene la religión, porque lo tiene, y mucho. Aunque fuera una creencia descafeinada, un cristianismo sin fe en Dios, donde celebrar la esperanza en la bondad humana, que podría terminar salvando este mundo de mierda.

Pero Ratzinger y los suyos sabían muy bien lo que se hacían. Ellos iban dando su espectáculo hasta el final, con paseíllo incluido, cantando aquel famoso villancico italiano Tu scendi delle stelle, que debe ser como nuestros Campanilleros. Sin perder la compostura, el Papa iba bendiciendo a todo aquel que se le acercaba entre la multitud. Y eso, aún sabiendo que quienes van todos los años a escuchar su sermón de la Misa del Gallo no son fieles, sino turistas que quieren espectáculo.

21.12.06

Reposicionamiento I

- Voy a pasar el fin de año en España.
- ¿Ah, si? ¡Qué bien! ¿Cuándo vienes?
- Llego el día 27 a Barcelona y vuelvo el día 2 de Enero a Alemania.
- ¿A Barcelona?
- Sí, sería una buena oportunidad para vernos, ¿no?
- ¡Voy a buscar vuelos!
- ¿Entonces podremos vernos?

No tengo dinero para ir. Lo tendría si no tuviera que pagar mi seguro de coche de novata. Lo tendría si le pidiera algo a quienes me lo pueden dar. Pero aunque lo tuviera, no sé qué decisión tomaría. ¿Por qué ha elegido Barcelona? Ya que hace tantos kilómetros, ¿qué más le daba venir a Sevilla?

He cometido el error de pararme a pensar. Me he frenado cuando estaba a punto de contratar uno de esos vuelos relativamente baratos por internet. He apartado el ratón de la palabra "confirmar", porque he dudado. Me he preguntado... ¿A ella le importa realmente?

Su pregunta quedó en el aire. Aún tengo que contestarla.

15.12.06

Crisis en la transición del XVI al XVII español

Consultando un texto al respecto, del historiador Alfredo López Serrano, que espero me permita citarle en estas páginas, encuentro afirmaciones como éstas:

La prosperidad había hecho adquirir a los españoles malos hábitos económicos: lujo en el consumo, especulación como forma de vida, con préstamos al Estado, siempre en déficit...

(...)

La burguesía y las clases medias, deseosas de prosperar, consideraron que para lograr el prestigio social y la nobleza lo primero que había que hacer era abandonar los oficios “viles”.

(...)

En resumen, los españoles no querían trabajar. En el cambio de siglo se consolida la abrumadora presencia de los pícaros, de toda condición, en las ciudades y los campos. La dimensión de la mendicidad se hizo alarmante. Para los españoles de entonces el trabajo era una maldición. Dejaron para otros las tareas más duras. Vinieron numerosos extranjeros atraídos a la Península por los altos salarios (franceses sobre todo, que fueron ocupados en la vendimia o la siega, mientras las mujeres lo eran en el servicio doméstico). No se podía prescindir de ellos, pero se dieron brotes de xenofobia (de entonces data la palabra gabacho, con sentido peyorativo) y se les hace responsables de la inseguridad de las ciudades. También los moriscos se ocuparon de las tierras más duras, pero aun así se les expulsará en 1609. Los gitanos sufrieron también un acoso social importante.

Afirma el autor que, entre otros factores que empujaron a la economía española al borde de la ruina, como el descenso demográfico a causa de epidemias, hambrunas y desastres climatológicos; destaca esta mentalidad de rechazo al trabajo y búsqueda del enriquecimiento rápido, aunque efímero.

Vivir de las rentas. Y que trabajen otros.

No hemos cambiado tanto: no hay más que sustituir "pícaros" por "caso Malaya" y "franceses" por "inmigrantes de Sudamérica, el Norte de África y la Europa del Este".

14.12.06

Penya Japan

Admiro la afición de esta gente por el deporte en sí mismo, sin necesidad de hacer patria.

9.12.06

Licenciado en Historia del Arte

1. Dícese de la persona que conoce y comprende, de forma somera, términos más o menos técnicos, ajenos a otros colectivos, como esgrafiado, rocallas, entablamento o anastilosis. También aquel que los utiliza sin ton ni son, con la sola intención de epatar a sus interlocutores.

2. Aquel que al contemplar una obra arquitectónica, pictórica o escultórica, es capaz de situarla en un marco cronológico, con un margen de error de 100 años.

3. Persona con nociones básicas de Historia, tales como distinguir la Antigüedad de la Edad Media a grandes rasgos, que abre mucho la boca al entrar en cualquier museo o exposición.

4. Afortunado que aprueba todas las asignaturas de la carrera, sin que ello sea garantía de haber aprendido nada.

5. Término aplicable a cualquier ser humano que reúna varias de las características anteriores, o todas ellas.

A propósito de "Nuestros Nuevos Amos"...

Ayer, con un poco de retraso debido a la sucesión de días festivos que algunos hemos podido disfrutar esta semana, leí el último artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en el Semanal. Es una costumbre que conservo desde hace años, coger la revista e irme directamente a la página de don Arturo, capaz de encandilar almas cándidas con la frescura de su narrativa y su lenguaraz aguijón.

Semana tras semana, suele cantar verdades como puños. Pero a veces le pierden las formas y termina resultando soberbio, de una soberbia mezquina por su incapacidad para la empatía, o para disculpar errores ajenos.

Esta semana, su artículo me ha gustado mucho. Tanto, que suscribiría cada una de sus palabras. Sólo me queda una duda... ¿cómo lo solucionamos? Definir los problemas de nuestra sociedad es necesario; recrearse en ellos puede resultar un ejercicio de autocomplacencia. Así que conviene ser práctico, ¿qué se hace? ¿En manos de quién está la solución?

Que el señor Pérez-Reverte y algunos más, lectores o no, sean conscientes de nuestros males no implica capacidad para solventarlos.

Moraleja

Una moraleja es como un chiste mal contado que requiere explicación. No sólo pierde la gracia, sino que evidencia la incapacidad del narrador.