21.7.06

Tabula Rasa

Había una vez un espíritu joven que caminaba por una playa de arena blanca y fina. Sus pasos se sucedían decididos por la orilla, ya hiciera viento o frío; subiera o bajara la marea. A veces, el sol acariciaba sus pies, dándole una tregua. Pero nunca paraba a descansar. Y continuaba la marcha, que según el día se hacía ligera o pesada, pero siempre adelante.

En ocasiones tropezaba, sobre todo aquellos primeros días en que los tobillos aún no se habían hecho fuertes, o sus rodillas chocaban tímida y torpemente. Pero era ágil y capaz de reaccionar a tiempo, antes de caer. Un salto, una zancada, un paso más largo, con un pie hundido en la arena, y bastaba para evitar la catástrofe.

Pero otras veces encontraba piedras en el camino. Las más grandes, las sabía esquivar. Las que realmente temía eran esos restos de gravilla; los cristales que, con los años y las olas, terminaban con los bordes limados; o los fragmentos de conchas que siempre había en la orilla. Pequeñas piedras, pequeñas heridas... que algún día podrían ocasionar una caída definitiva, un dolor que, acumulado, resultaba demasiado grande.

Y así ocurrió. Por primera vez, sus rodillas se clavaron en el suelo, al tiempo que las lágrimas se mezclaban con la espuma de las olas. Y, al levantarse, miró atrás. A su espalda quedó una huella fea y borrosa, en la que pensaba a menudo, al continuar su camino: una huella que se reproducía en sus sueños con más frecuencia que la propia caída; una huella absurda y necia; una huella vergonzante que su corazón, aspirando a la más pura perfección, no podía olvidar ni perdonar.

Pensando en aquella huella, sus pasos se hacían cortos e inciertos y el horizonte se difuminaba sin remedio. Pensando en aquella huella, llegó a olvidar que había tenido razones para caminar.

Así que un día, viéndose perdido, no pudo hacer más que regresar sobre sus pasos, siguiendo sus huellas, hasta que alcanzó aquel borrón en la arena, intacto, inalterado por el viento y por el mar. Se agachó de nuevo, para mirarlo de cerca, recordando su caída, vislumbrando su silueta. Y sonrió. Porque no podía sino extender la palma de su mano, deshacer los inexactos terrones de arena y borrar su huella. Quedó el perfil de la orilla idéntico a sí mismo y el espíritu, que descubrió marcado en él su camino, siguió adelante.

(La foto es de Seryo y se llama "Footsteps").

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